Lana del Rey: la luna de miel de un idilio cinematográfico

Lana del Rey: la luna de miel de un idilio cinematográfico
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Lana del Rey: la luna de miel de un idilio cinematográfico

Por · 24 Septiembre, 2015
Lana del Rey: la luna de miel de un idilio cinematográfico

Recreemos una película con fotografía evocadora llena de humo, luces nocturnas, maquillaje desmedido y protagonismo para el suspense. Olvidémonos de la alta definición y de la postproducción. Enfaticemos lo amateur y sincero, lo que fluye sin artificios. Apostemos por un deliberado corta y pega de ideas, disgregadas a lo largo del metraje. El guión, por tanto, va a ser esquivo e inaccesible al principio pero tóxicamente adictivo conforme los minutos avancen. Bienvenidos al Honeymoon de Lana del Rey.

En este ejercicio de imaginación, recurrimos imperativamente a un personaje principal femenino que impregne de un halo de misticismo a nuestro film. Buscamos en ese inmenso baúl de la música actual quién puede vertebrar nuestra película y dotarla de clasicismo y lírica afectada, una voz icónica y atormentada a partes iguales. Pongamos que hablamos de Lana del Rey. Por último, necesitamos un tráiler a modo de introducción y de gancho comercial. Lo tenemos, ¿Recordáis el videoclip de Video Games que nos descubrió a Lana allá por el año 2011?

Valga este ejercicio inicial para ilustrar la simbiosis que existe entre el séptimo arte y la historia mediática de Lana del Rey. El coqueteo existente entre ambas partes es inherente a su propia esencia. En ese juego de aportes mutuos tenemos por un lado el patrón cinematográfico con el que se han modelado los videoclips facturados hasta la fecha. Compensando la balanza, las cada vez más frecuentes  aportaciones en forma de cortes para bandas sonoras: El Gran Gatsby, Big Eyes, Maléfica

Pero dejemos a un lado por un momento al mundo del cine para centrarnos en la última parte de su carrera discográfica, esa que transitaría desde Born To Die (Enero de 2012) hasta Honeymoon (Septiembre de 2015) pasando por Paradise (Noviembre de 2012) y Ultraviolence (Junio de 2014). Tres años y medio para tres discos e incesantes ediciones especiales, canciones filtradas, bandas sonoras y caras B, encomiable y prolífica labor compositiva.

Lana del Rey Born To Die

Born To Die supuso la apertura del debate. Hubo quienes la tacharon de producto de marketing y por el contrario quienes la vanagloriaron por su incuestionable calidad como letrista. Su aura de diva caótica en constante catarsis alimentó el debate mientras los singles iban llegando, constatando la gran factura de aquel debut. El hype se había materializado en una colección de incontestables éxitos con los que reducía al absurdo cualquier intento de desacreditarla. Crítica y público en total sintonía.

A finales de ese año llegaba Paradise, a mitad de camino entre un EP y un LP, contenía ocho temas de sonido continuista. A destacar Blue Velvet, maravillosa versión que fue utilizada en diversos anuncios televisivos y la encumbró a su punto álgido. Había conseguido la fórmula mágica para situarse en ese anhelada línea entre lo indie y lo mainstream. Su música podía ser el regalo perfecto de Navidad para tu padre, la banda sonora de una cena romántica, ilustrar el vídeo resumen de tus vacaciones o colarse en la lista de reproducción del moderno de tu clase.

Lana del Rey Honeymoon, idilio cinematográficoLa etapa de Ultraviolence llegó de la mano de Dan Auerbach (cantante de The Black Keys) que se involucró hasta el extremo en el  proyecto. El resultado fue un álbum de melodías desdibujadas y espacio para las guitarras. La interpretación vocal marca de la casa encontró tesituras hasta entonces inexploradas. Introspectivo y menos inmediato que sus éxitos anteriores pero con un poso de sobria elegancia. Que el efecto sorpresa se fuese diluyendo incidió en las ventas y el álbum logró cifras muy alejadas de las de Born To Die.

Nos encontramos en pleno proceso de digestión de Honeymoon, su más reciente obra. Apuesta decidida por alejarse de cualquier atisbo de comercialidad. Más de una hora de intensidad lírica, de arreglos de cuerdas omnipresentes, de estructuras impredecibles, de enmarañada sonoridad que nubla la perspectiva. Es complicado rescatar la identidad de cada corte como algo autónomo sin enmarcarlo en el todo que supone el disco; volviendo a la analogía del séptimo arte, como si el repertorio no fuera otra cosa que la banda sonora de una historia que ha transitado desde la autodestrucción hasta la autodeterminación, incluso con cierto punto de violencia o agresividad donde antes solo había languidez y displicencia hacia el género masculino. Lana del Rey (o al menos la protagonista de sus canciones) ha madurado, como mujer y como cronista. Y así lo demuestra la fascinante comunión entre géneros como jazz, blues, electrónica o trap, y temas tan potentes como Salvatore o The Blackest Day, que brillan con luz propia endulzando la siempre difícil recta final de un álbum.

Las cifras comerciales pueden ser una incógnita pero mucho nos tememos que puede costarle caro el hecho de ensimismarse en su esencia (de autoindulgencia va servida, y seguimos con los auto -¿alguien ha visto sus portadas?-) dejando de lado la apertura a algo más genérico. Lo que nos queda claro es que esperamos con ansia el próximo capítulo…

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