Juego de Tronos: analogías políticas y sociales

Juego de Tronos: analogías políticas y sociales
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Juego de Tronos: analogías políticas y sociales

Por · 20 junio, 2015
Juego de Tronos: analogías políticas y sociales

La quinta temporada de Juego de Tronos se despidió esta semana con uno de sus episodios más impactantes, pero no ha sido el único momento en el que la serie estrella de HBO nos ha tenido expectantes. Durante el último año, ha estado en boca incluso de algunos de nuestros políticos, quienes han querido establecer símiles entre la adaptación televisiva de las novelas de G.R.R. Martin y el momento de cambio político y social que vive nuestro país.

Ojo, ¡spoilers!

Lejos de insinuar que la correspondencia o la aplicabilidad de las claves políticas de Poniente en España esté justificada, es posible trazar ciertos paralelismos entre nuestra realidad y esta popular ficción. Cada vez más enrevesado y complejo. Así es el escenario que nos encontramos en Poniente durante el transcurso de la última entrega de la serie estadounidense creada por David Benioff y D. B. Weiss, diez nuevos episodios en los que las tramas de algunos personajes se han alejado significativamente de Canción de Hielo y Fuego y han sido adaptadas con mayor libertad. “Haré lo que hacen las reinas, ¡gobernar!“, nos anticipaba nuestra querida Khaleesi el pasado 2014. Confinada en la gran pirámide de Meereen y con escasos aliados para conquistar los Siete Reinos, a lo largo de la temporada Daenerys Targaryen experimenta por primera vez las dificultades y contradicciones propias de la política, un espacio en el que es imposible contentar a todo el mundo. Aunque su voluntad es claramente la de impulsar una nueva hegemonía cultural y proyectos rompedores para la sociedad que recientemente ha empezado a regentar, la Madre de Dragones –desprovista de ellos y, por lo tanto, deslegitimada ante ciertos sectores de la ciudad– toma cada vez más conciencia de que a veces es necesario garantizar la estabilidad aun a riesgo de desilusionar a los tuyos.

A la hora de impartir justicia y castigo en su justa medida, sin embargo, chocará contra las aspiraciones de un pueblo que gracias a ella ha pasado de la esclavitud al empoderamiento. “Una reina que mata a sus devotos no inspira devoción“. Con estos términos se expresa su nuevo asesor, el siempre agudo Tyrion Lannister, sustituyendo a la figura de Barristan Selmy, quien a principios de la temporada ya advierte a nuestra protagonista de que no debe cometer los mismos errores que su padre, el Rey Loco Aerys Targaryen. Pero no es la única reina que luchará por demostrar la solvencia de un gobierno cada vez más cuestionado y deteriorado. En Desembarco del Rey, una Cersei Lannister con decrecientes apoyos pone todo su empeño en evitar la desintegración de una familia que lo era todo gracias a la astucia de su difunto patriarca, Tywin Lannister, el personaje que manifiesta más similitudes con El Príncipe de Maquiavelo. Aunque se muestra incapaz de gestionar su perfidia y no parece haber heredado el talento estratega de su padre, Cersei también se rige por la máxima “el fin justifica los medios“. Sólo hay que recordar como en la primera temporada sentenciaba al bueno de Ned Stark con la siguiente frase: “Cuando se juega al juego de tronos sólo se puede ganar o morir. No hay puntos intermedios“.

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Precisamente bajo el título Ganar o morir: Lecciones políticas en Juego de Tronos, se publicó el año pasado un libro coordinado ni más ni menos que por el líder de la emergente formación Podemos, Pablo Iglesias, elaborado principalmente por analistas, politólogos, activistas y políticos de nuevo cuño. También será difícil olvidar la hilarante escena en la que Iglesias regaló una caja de DVDs de la serie a nuestro monarca, Felipe VI, y las innumerables noticias que se generaron en los medios a raíz de ese cómico acontecimiento. Además de haber colaborado en el programa Vive Poniente de Canal +, el candidato a la Moncloa nos ha deleitado con frases como “se le nota nervioso al señor Mariano Rajoy, winter is coming para el Partido Popular“. Entre otras sonrojantes alusiones a la saga televisiva, también destaca la de Tania Sanchez: quien fuera candidata por Izquierda Unida a la Presidencia de la Comunidad de Madrid, recientemente imputada tras una querella interpuesta por el PP, asegura en su blog de Público que Juego de Tronos le hizo pensar que “IU bien daría para una serie en la que yo querría ser Khaleesi“. La misma llegó a comparar a Iñigo Errejón con el cruel Joffrey Lannister en el programa Carne Cruda, equiparación que no sabemos cómo se habrá tomado el número dos de Podemos.

Y por si se hubieran hecho pocas menciones a la exitosa serie de HBO entre nuestros dirigentes políticos, el presidente del PP de la provincia de Valencia, Vicente Betoret, expresaba este mismo mes que el PSPV “ha convertido la política valenciana en un juego de tronos donde el único objetivo es ocupar el poder sin pararse a pensar que este juego va a resultar el game over del socialismo valenciano“, mientras que el próximo presidente de la Generalitat, Ximo Puig, ha asegurado que “esto no es ni un cambio de cromos ni un juego de tronos“.

Desmarcándonos completamente del sinfín de asociaciones que algunos han querido buscar –la única certeza absoluta sobre la vinculación de la serie con escenarios españoles es que que parte de la última temporada se ha rodado en Sevilla y la próxima transcurrirá también en Girona, Peñíscola y Almería–, a continuación vamos a establecer algunas analogías en las que quizá sí percibiríamos ciertos nexos entre Juego de Tronos y algunos aspectos de candente actualidad política y social en nuestro país.

Empoderamiento ciudadano capitaneado por mujeres

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Ni rastro queda en esta nueva temporada de la Daenerys sometida al mundo de los hombres, endeble y manipulada por su hermano, vendida a los Dothrakis, forzada al matrimonio con un caudillo guerrero y aspirante a ser la madre del “semental que monta el mundo”. Postergado su objetivo de conquistar Poniente para instaurar un nuevo régimen que ponga fin a las guerras y las relaciones de poder entre las familias dominantes y pudientes de los Siete Reinos –Lannister, Baratheon, Tyrell, Martell, Greyjoy, Bolton y los desaparecidos Stark–, su objetivo más inmediato parece ser ahora la ruptura con el modelo social imperante en la Bahía de Esclavos.

En un contexto en el que el sistema productivo se rige por el esclavismo en favor de los privilegios de unos pocos, la joven Targaryen lleva ya dos temporadas obcecada en conseguir que existan relaciones de igualdad entre los ciudadanos del territorio donde se ha erigido como reina. Su empecinamiento, sin embargo, despierta duras resistencias entre las familias de la nobleza meereenense, incapaces de aceptar su nuevo rol en la sociedad y sedientas de recuperar el poder institucional. Para poner fin a la crisis de intereses de clase de su recién iniciado reinado, Daenerys deberá abandonar ese carácter casi mesiánico que la caracterizaba: la madre del pueblo liberado, “Mhysa”, que se alzaba exhibiendo su feminidad y que llamaba a desobedecer a los “amos”. Por primera vez, deberá gobernar para todos, ricos y pobres, o las ataques urdidos por los Hijos de la Arpía, antiguos dueños del poder hegemónico, irán en aumento. Quizá el momento más duro y contradictorio se presenta a la hora de ajusticiar a uno de los suyos, un Inmaculado devoto a su persona que, emancipado de sus cadenas, decide aplicar la justicia por su cuenta a un miembro de la nobleza que conspiraba contra el cambio producido. Lejos de aliviar tensiones en este polarizado escenario, la ejecución de dicha persona para escenificar justicia y equidad ante las élites de Meereen generará impotencia y desconfianza entre quienes antaño fueron esclavos y, con el nuevo gobierno de Daenerys, creían su libertad reconquistada.

Durante los últimos meses hemos asistido a un fenómeno ciertamente inusual en España: una serie de rostros femeninos han dado un paso al frente para disputar el control de las instituciones a las fuerzas políticas tradicionales, capitaneando candidaturas de unidad popular, coaliciones de izquierdas y aglutinando a todo tipo de personas procedentes de los movimientos sociales o alejadas de la política profesional. En muchos casos, gente común que nunca ha ocupado puestos de responsabilidad o decisión en las instituciones. El ascenso de Manuela Carmena a la alcaldía de Madrid, que ha puesto fin a 24 años de mayoría absoluta del PP, o el triunfo de la activista antidesahucios Ada Colau, que ha relegado a CiU en el Ayuntamiento de Barcelona, además del destacado papel desempeñado por Mónica Oltra en la Comunidad Valenciana, han configurado un panorama sin precedentes en cuanto al liderazgo femenino emanado de las luchas de la ciudadanía.

El discurso de estas lideresas, como el de Daenerys –salvando las distancias entre un contexto inspirado en el miedievo y el de las democracias occidentales europeas–, también ha girado en torno a la participación ciudadana, la justicia social y la igualdad de oportunidades; en varias ocasiones las hemos visto abanderar el eslogan político “no debe haber ciudadanos de primera y de segunda“. Sin embargo, su llegada a las instituciones también ha generado hostilidades y reacciones alarmistas por parte de quienes han pasado a la oposición tras gobernar durante años. En la capital del reino ya hemos presenciado el primer gran terremoto: ciertos sectores políticos y mediáticos han pedido la cabeza de uno de los miembros de las listas de Ahora Madrid, Guillermo Zapata, por unos tweets de 2011 que contenían chistes de humor negro –según su autor, descontextualizados– sobre el holocausto judío, Marta del Castillo, Irene Villa y las niñas de Alcáser. Su dimisión como concejal de Cultura y Deportes no ha sido bien recibida entre ciertos sectores que han apoyado la candidatura durante los últimos meses; muchas personas lo han visto como un gesto de debilidad y han manifestado su desilusión ante dicha medida en las redes sociales. Pero ya lo dijo Carmena en su discurso de investidura. A partir de ahora intentará seducir a todos aquellos ciudadanos que no la han votado, y lo hará con “equidad e igualdad”. ¿Logrará un mandado estable o rodarán más cabezas? Lo que está claro es que sólo ha sido la primera de muchas decisiones complicadas que se deberán tomar a partir de ahora. Así es la política real y en ella se ha inspirado la ficción a lo largo de la historia, no al revés.

Un régimen que se desmorona: guerra por el poder

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En Poniente encontramos otro liderazgo femenino destacado, además de Daenerys. Tras los asesinatos de su primogénito y su padre en la pasada temporada, en un primer momento a Cersei no le será complicado hacerse con el control de la institución monárquica y gobernar en nombre de su hijo menor, el bondadoso e inexperto Tommem. Pero no podemos decir que la Reina Regente encarne ninguno de los valores del feminismo; aunque en la serie no se explicita tanto como en las novelas, la lideresa Lannister siempre ha despreciado el género femenino por considerarlo débil –a excepción de ella misma–, además de envidiar los atributos masculinos de sus hermanos, Jamie y Tyrion. En lo más profundo de su ser, ansía heredar el legado de la casa Lannister que, por su condición de varones, correspondería a uno de ellos dos.

A su vez, su forma de hacer política tiene un componente mucho más agresivo que el citado en casos anteriores: elimina con crueldad cualquier tipo de disidencia, se rodea sólo de aduladores y está convencida de que la voluntad de cualquier persona se puede comprar. Su absoluta indiferencia por la pobreza la ha llevado a gobernar de espaldas a la realidad de las calles de Desembarco del Rey y, como consecuencia, el pueblo ha acabado odiándola y la considera la representación de la perversión más absoluta. En contraste, la seductora pero no menos inteligente Margaery Tyrell, que por segunda vez se ha casado con uno de sus hijos, asume el rol antagónico: el de la princesa gentil y solidaria, cercana al populacho y amada por todos.

En la profecía que escuchamos en el flashback de la primera escena de esta temporada –es la primera vez que se utiliza este recurso en Juego de Tronos–, Cersei recibe la advertencia de que una reina más joven y bella acabará con su reinado. Por este motivo, cual madrastra de Blancanieves enfurecida y aunque todo parece indicar que la profecía se refiere a Daenerys, la maquiavélica Lannister hará uso de todos los recursos de la corona para eliminar del mapa a la joven Tyrell. Para logar sus fines, dotará de legitimidad moral y armas de represión a un nuevo estamento religioso arraigado en la calles, al cual desprecia tanto como ellos la desprecian –recordémosla asqueada por el olor que desprende el pueblo llano o su sorpresa por el hecho de que el Gorrión Supremo no calza zapatos–. Sin pensar en las consecuencias a largo plazo y con la voluntad de reprimir conductas como la homosexualidad y el adulterio, el tiro le saldrá por la culata. Desprovista de todos sus privilegios, desnuda de sus riquezas y posesiones, Cersei deberá escuchar al pueblo por primera vez. Y lo que oye, no le gustará.

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Volviendo a Madrid, la excandidata a su alcaldía Esperanza Aguirre manifestó el pasado mes de abril la necesidad de prohibir a los indigentes dormir en la calle porque “ahuyentan a los turistas“. Además, abogó por “preservar” las manifestaciones en el centro de Madrid porque, según afirmó, hacen que ese mismo turismo se sienta “intimidado y coartado“. Quizá anteponer los intereses económicos de la ciudad al derecho de reunión y manifestación de los madrileños, o su desprecio hacia las personas sin techo ni recursos para vivir con dignidad, también han pasado factura a la presidenta del PP madrileño, relegada por Ahora Madrid con el apoyo de los socialistas en los últimos comicios municipales. Y todo parece indicar que Aguirre no ha digerido muy bien dicha derrota, ya que tras los resultados lanzó una advertencia asegurando que el ayuntamiento entrante quiere “romper con el sistema democrático occidental” e hizo un llamamiento al resto de partidos para instaurar un gobierno de concentración que impida una ruptura con el modelo político anterior. También ha insistido en la necesidad de cambiar la ley electoral para que gobierne la lista más votada, entre otras muchas pataletas postelectorales.

Tampoco es un misterio para nadie que Esperanza Aguirre siempre ha representado los intereses y valores del ala más conservadora de su partido y de la sociedad española, y que del mismo modo que Cersei, más que potenciar la feminidad en la vida pública, ha aprendido a desenvolverse en el mundo de los hombres sin un atisbo de subversión en cuanto a la igualdad de género. Todo lo contrario: más bien ha potenciando el sistema patriarcal dominante y se ha posicionado en contra de algunas derechos conquistados por las mujeres durante la democracia, como el de decidir sobre su propio cuerpo. Incluso la hemos visto enarbolar en Twitter la idea de que no ha sido la lucha social sino el cristianismo el que ha traído la igualdad, la dignidad y la libertad a nuestras sociedades. Por otro lado, es bien sabido que Aguirre es una acérrima defensora de tradiciones antiguas pero cuestionadas como la tauromaquia, a la cual el nuevo gobierno municipal de Madrid retirará las subvenciones, según hemos sabido recientemente. Precisamente en la quinta temporada de Juego de Tronos la preservación de las tradiciones que implican crueldad también ha sido uno de los puntos más complicados de la agenda política de Daenerys. Aunque su objetivo inicial era cerrar las arenas de combate por considerarlas una tradición de extrema crueldad, para evitar la crispación y la inestabilidad de su reinado acabará aceptando el entretenimiento predilecto de la antigua sociedad esclavista. Lejos de salirle bien las cosas, en el cierre de la temporada comprobamos como su decisión no ha hecho más que dar alas a quienes quieren derrocar su gobierno para volver a la situación anterior.

La política de pactos: tan eficaz como frágil

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Hay ciertos personajes y familias en Juego de Tronos que, a pesar de no representar la predominancia política mayoritaria de los Siete Reinos, ejercen de aliados o colaboradores imprescidibles para sustentar el régimen. De ellos dependen los débiles mandatos gubernamentales y el hecho de que la balanza del poder se decante por un lado u otro. Pero a veces, estas uniones antinaturales y a menudo interesadas pueden estar envenenadas. Y en lo que al veneno se refiere, en la región sureña de Dorne son infalibles. De poco servirán los intentos de mantener la paz del príncipe Doran Martell pactando con Jamie Lannister un sillón para su hijo en Desembarco del Rey. Si algo no olvidan los dornienses es la sangre de los suyos vertida a manos de quienes ocupan el Trono de Hierro, y en el último episodio de la temporada se escenifica la profunda enemistad entre ambas familias con una terrible venganza a traición por parte de las Serpientes de Arena.

Ahora bien, si de traiciones hablamos, los movimientos políticos del desalmado Roose Bolton ejemplifican a la perfección cómo en Poniente no te puedes fiar de nadie porque cada familia mira por sus propios intereses. Antaño vasallo de Robb Stark, asesinado por él mismo cual César en el Senado, su estrategia consiste en apostar siempre al caballo ganador. Ahora, tras abandonar en secreto su lealtad a la casa Lannister ante la decadencia del reinado de Cersei, necesitará ganarse de nuevo la simpatía de los norteños casando a su cruel bastardo con Sansa Stark. Pero como todos los espectadores de la serie sabemos: “El Norte no olvida“.

Por último, y quizá el mejor ejemplo del pactismo político, encontramos a los señores de Altojardín, capitaneados por la tacticista Reina de las Espinas, Olenna Tyrell, personaje clave para la solvencia económica del imperio de los Lannister que, como su sobrenombre indica, puede pinchar con alevosía cuando menos lo esperas. Con suma inteligencia, Olenna ofrecerá estabilidad y recursos a los Lannister para atacar luego desde dentro, acabando con la vida del rey Joffrey sin levantar la mínima sospecha y aupando a su nieta Margaery a través de su matrimonio con Tommem, mucho más manejable y dócil que el sádico monarca predecesor. Pero no se nos debe olvidar ese personaje esencial que, actuando desde la sombra, urde constantemente para configurar con éxito todas las alianzas y conspiraciones enumeradas anteriormente: Petyr Baelish, más conocido como Meñique, ni tiene un apellido de noble cuna ni nadie lo considera una amenaza real para sus intereses, pero a lo largo de las cinco temporadas ha demostrado ser quien mejor entiende el juego de tronos. Tras toda una serie de jugadas maestras inteligentemente orquestadas, en la última entrega de la serie ni la casa Lannister, ni la Bolton, ni la Tyrell, ni la Arryn, así como tampoco Sansa Stark, ponen en duda su lealtad. “El poder es saber“, le decía Meñique a Cersei en la segunda temporada. “El poder es poder“, respondía ella desafiante. ¿Por qué entonces Petyr Baelish sigue firme en el tablero a pesar de haber traicionado a medio Poniente?

Antes y después de los recientes comicios municipales y autonómicos de España, hemos visto como ciertas formaciones políticas han protagonizado todo tipo de acercamientos y pactos para hacerse con el poder de un determinado territorio o, en otras ocasiones, para impedir el mandato de un partido no afín. Desde confluencias diversas hasta pactos de investidura y uniones de siglas que han respondido siempre a motivos estratégicos o ideológicos. Además de las candidaturas de unidad popular de las que ya hemos hablado con anterioridad, que han agrupado a todo tipo de partidos de izquierdas y personas de los movimientos sociales, la irrupción de nuevos partidos como Ciudadanos, liderado por el catalán Albert Rivera, han sido claves para dar la llave de gobierno a determinadas fuerzas políticas tradicionales que han perdido sus mayorías absolutas.

En la Comunidad de Madrid y Andalucía, donde el PP de Cristina Cifuentes y el PSOE de Susana Díaz han perdido una parte importante de los apoyos con los que contaban en la anterior legislatura, el partido de Rivera ha facilitado sus investiduras en aras de la estabilidad institucional y la “sensatez” democrática. Sin embargo, a lo largo de toda la campaña, sus críticas a la corrupción y la falta de transparencia de populares y socialistas han sido mordaces y constantes, y durante años han abanderado el fin del bipartidismo. Otra formación mucho más rupturista, Podemos, ha tenido que moderar su discurso pasadas las elecciones, ya que quizá llamar “casta” al Partido Socialista Obrero Español y equipararlo constantemente al Partido Popular no fue la mejor opción ahora que han conseguido desplazar a la derecha de los ayuntamientos y las comunidades autónomas.

El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, también ha tenido que tragarse sus palabras –”no pactaré con el populismo”, pronunciadas en clara alusión a Podemos– tras formar gobiernos de lo más variopintos en un gran número de territorios. La controversia entre si la Comunidad Valenciana debe ser presidida por Ximo Puig del PSOE o Mónica Oltra de Compromís ha sido otro tema que ha dado para muchas páginas de periódicos y opiniones diversas del resto de formaciones, siendo el líder socialista quien finalmente encabezará la Generalitat. Y si de grandes pactos rotos por las contradicciones de la política hablamos, esta semana hemos asistido a la escenificación de la ruptura entre Convergència, el partido de Artur Mas, y Unió Democràtica de Catalunya, los democristianos liderados por Josep Antoni Duran i LLeida. Su discrepancia en el debate independentista ha puesto fin a los 37 años de coalición de CiU, hecho que seguramente generará un acercamiento entre el President de la Generalitat y ERC, el partido republicando que tiene a Oriol Junqueras como número uno. Así que nuestra situación política es de todo menos estática: parece que la cosa está más complicada, convulsa e incierta en España que en los Siete Reinos de Poniente.

Como hemos ido desgranando a lo largo de este artículo, es cierto que en la política española se generan toda una serie de dinámicas que también están presentes en las encarnizadas guerras por el poder de Juego de Tronos. En el prólogo de su libro, Pablo Iglesias apunta que “el escenario que nos presenta la serie es, ante todo, un escenario en el que el poder está en disputa y en el que el carácter moral de cada protagonista se revela precisamente en el modo en cómo se disputa ese poder“. Aunque pocas aseveraciones directas y concluyentes podemos hacer más allá de que a nuestro anterior monarca, Juan Carlos I, le gusta tanto cazar como a Robert Baratheon –y a ambos les salió cara la broma–, y de que nuestro actual presidente, Mariano Rajoy, tiene el mismo carisma emocional y dialéctico que Hodor, sí que es cierto que ficciones como Juego de Tronos nos sirven para analizar nuestros propios cambios políticos y sociales con sosiego, de una forma mucho más distendida y apacible que a través de nuestros medios de comunicación y las embarulladas tertulias televisivas. Además, ¿quién no ha esperado a que llegue el lunes para desconectar de la sobresaturación de mensajes políticos y mediáticos que recibimos constantemente con un nuevo episodio de Juego de Tronos?

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