Marina Abramovic y yo: dos historias del arte

Marina Abramovic y yo: dos historias del arte
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Marina Abramovic y yo: dos historias del arte

Por · 6 Mayo, 2015
Marina Abramovic y yo: dos historias del arte
Fotografías: Bienal de Performance de Buenos Aires

Lo confieso, odiaba a Marina Abramovic. Si el ciudadano medio ya opina que lo de Picasso “lo puede hacer cualquier niño”, imaginad lo que supone la llamada abuela de la performance: sentarse 3 meses en una silla sin hacer nada. ¡Con la de cosas que hay que hacer en el mundo! Poner a gente desnuda a rozarse con el público, ¡menuda provocación más gratuita e infantil!

Tampoco es que se me pueda culpar de odiarla, como la mayoría de nosotros, pertenezco a una educación pública en la que el concepto de arte depende de las ideas que un tal Panofsky decidió redactar allá por principios del siglo pasado. Como si de los animales en el Arca de Noé se tratase, este señor decidió catalogar todas las obras de la historia humana con una mirada evolutiva: igual que el mono precede a la persona, la Venus de Milo precede a la de Botticelli. Igual que se extingue el dinosaurio, el impresionismo cae sobre las especies artísticas previas borrando toda intención de realismo. Y así los cuadros y esculturas se van precediendo con un halo místico que Marina rompe radicalmente.

A pesar de esta muestra de prepotencia, asisto a su última performance, The Workshop, que la artista tiene la bondad de ofrecer en puertas abiertas a 2500 porteños -unos fijos, otros de paso- en la recién nacida Bienal de Performance de Buenos Aires. Con todo el desprecio que me podría producir tal acto de vaciado como es “el arte” de “la abuela”, aquí me encuentro sentado frente a un folio amarillo, con unos cascos que me aislan completamente del mundo sonoro a mi alrededor, y la supuesta misión de desvincularme de la medida del tiempo en nuestras precipitadas sociedades postindustriales.

Aislar del tiempo es, precisamente, lo que hizo Walter Benjamin. Otro señor de principios del siglo pasado que decidió que la categorización del arte de Panofsky era absurda y que la historia no se basa en una relación de causa-consecuencia. Esa interpretación la imponemos nosotros cuando miramos al pasado sabiendo todo lo que ocurrirá posteriormente. La mirada evolutiva de Panofsky dejaba huecos negros entre etapas, implicaba que autores como Goya eran clarividentes anticipados a su tiempo, y exponía la idea poco plausible de que hay algo llamado arte que está por encima de las obras, como si arte no fuera algo que decidimos nosotros por consenso y que, pasito a pasito, hemos ido tragando en la escuela. Esa misma escuela que nos prepara para comprender a Velázquez y odiar a Abramovic.

Marina Abramovic, Bienal Performance Buenos Aires 2

Marina Abramovic, Bienal Performance Buenos Aires 3

Sin comprender muy bien qué hago sentado en esta silla mirando un folio amarillo con otras 299 personas en silencio, empiezo a sentirme ridículo y mi cuerpo se incomoda hasta que una mano se posa sobre mi hombro y, muy lentamete, me conduce hasta una plataforma de madera sobre la que otros asistentes se concentran con los ojos cerrados. Mi rescatadora, vestida de negro, me ayuda a subir a la plataforma y, con gestos, me indica que cierre los ojos. Posa sus manos en mi pecho y, con su presión, me da a entender que tengo que respirar lento. La idea del ridículo sigue flotando en mi cabeza, pero poco a poco se me cae de entre las cejas para dejar lugar a un vacío, a una mente en blanco y a una paz que no esperaba.

Este vacío es, quizá, similar al que buscaban las vanguardias del arte que acabaron por romper con cualquier sueño evolutivo del señor Panofsky, que debe estar riéndose en su tumba de los 300 asistentes que respiramos lentamente en torno a Marina. Las vanguardias surgen en el siglo XX en un contexto de convulsión política: las llamaban así porque parecían adelantarse a las oleadas revolucionarias que transformarían las sociedades occidentales en aquellos mismos años, aunque muchos dirán, y estoy más de acuerdo, que en lugar de adelantarse eran más bien producto de sus circunstancias. Que las revoluciones no se hubieran producido no quiere decir que no estuvieran ya en el imaginario colectivo, en las conversaciones cotidianas.

Un ejemplo de la revolución de estas vanguardias sería la Bauhaus: esa corriente arquitectónica de la Alemania de los años 30 que borró toda decoración cargada de los edificios, pues no era en absoluto funcional, sino que era un trazo que ayudaba a la burguesía a hacer distintos sus hogares de las casas del proletariado. La Bauhaus representaba así una suerte de comunismo estético que dejaba atrás las pretensiones de las familias ricas, cuyas florituras de escayola y los mosaicos recargados eran ahora de lo más rancio. Sin embargo, el minimalismo arquitectónico que inició esta corriente es hoy en día sinónimo de grandes fortunas, de grandes nombres de arquitectos que hacen grandes casas para grandes empresarios. Absorber un estilo artístico rompedor es primordial para las clases dominantes si quieren seguir dominando. Vaciar la Bauhaus de toda protesta obrera era primordial para que los obreros siguieran callados. ¿Y Marina? ¿Está vacía o está llena?

Marina Abramovic, Bienal Performance Buenos Aires 4

Me bajo de la plataforma. Puedo odiar a Marina, pero he de reconocer que estas dos primeras fases me han relajado y, al abrir los ojos, veo que los asistentes caminan por la sala a cámara lenta. A cámara muy lenta. Al principio es chocante, pero el gen gregario que todos tenemos me incita a caminar como ellos. El primer paso cuesta, pero el cuerpo se acostumbra sorprendentemente rápido. Parece que ha conseguido meterme en su mundo mientras me distraía pensando que era un espectáculo ridículo. Ha entrado por la puerta de atrás de mi cabeza, sin llamar.

Nacida en una familia militar serbia, Abramovic creció bajo una estricta disciplina que dio origen a una adolescencia y juventud de lo más rebeldes

Pero volviendo al conflicto político: Marina estuvo llena, eso es innegable. Nacida en una familia militar serbia, con un abuelo santo para el cristianismo ortodoxo, creció bajo una estricta disciplina que dio origen a una adolescencia y juventud de lo más rebeldes. Tras graduarse en Bellas Artes en Zagreb, por entonces parte de Yugoslavia, se mudó a Amsterdam donde iniciaría sus primeros proyectos en los que reflexionaba sobre el tiempo, sobre la influencia del pasado en el presente, y en el que no faltaban a menudo el herirse a sí misma. Un espectáculo innovador que removía los estómagos de los asistentes. Poco después, inició una serie de performance junto a su pareja, el alemán Ulay, que girarían en torno al concepto de ego, firmando un manifiesto en el que se incluían como puntos principales que el artista no debía ser protagonista y que el arte no tenía como fin lucrarse.

Tras recorrer medio continente en una caravana actuando -y siendo detenidos- en muchas ciudades, la relación se rompería y, con ello, se rompió el compromiso de Marina con su propio manifiesto. Su carrera, de un ascenso imparable en veinte años, le granjearía muchas ganancias que culminarían con una retrospectiva en el MoMA, Nueva York, llamada The artist is present. Un título que indica de todo, menos falta de protagonismo del artista. ¿Se había vaciado Marina? ¿Había dejado de ser una revolucionaria del arte? Desde luego, en The Workshop se la puede ver sentada en medio de todos los asistentes, con sus cascos y vestida de negro. A un metro de mí, es una más, no destaca y, a la vez, es el centro de atención, porque todos la conocen. Saluda, acaricia, se pasea, y es consciente que con cada interacción está brindando al escogido su minuto de gloria, su instante exclusivo con ella.

Marina Abramovic, Bienal Performance Buenos Aires 5

Tras mis segundos de iluminado, mirando a sus ojos llorosos, me dirijo al último punto del espectáculo: una mesa enorme donde los asistentes separamos granos de arroz de lentejas, y los contamos, sin poder evitarlo, a cámara lenta. Todos igual, todos mirándonos entre nosotros. Hasta las vanguardias, el arte reflejaba una jerarquización vertical del mundo: Dios estaba sobre los demás, nos observaba. Ahora Dios ha muerto, y todos nos observamos entre todos. Pero en este espectáculo de Marina no nos oímos, nos vemos privados de una parte de nuestra identidad, la sonora, y eso nos permite ser, y no parecer. Nos permite cambiar nuestro ritmo como cambiamos nosotros. Nos permite significar, sin tener que recurrir a la trampa de la palabra hablada.

Lo confieso: yo odiaba a Marina Abramovic, y ahora estoy a su lado contando 810 lentejas y 1679 granos de arroz. No sé cuanto tiempo llevo aquí dentro. Cuando me quito los cascos y salgo al mundo real, no puedo evitar sentir que todo es demasiado estruendoso, que la gente camina con mucha velocidad, y cuesta unos minutos recuperar el ritmo vertiginoso del capitalismo, porque me han atrapado durante casi cuatro horas unos muros de silencio igualitario.

Salgo de allí confuso, no sé si Marina está vacía o más llena que nunca. No sé si pasarse medio día en una performance contando lentejas es un capricho de burgués, un ejercicio de vaciado intelectual o un acto ridículo de acomodado. Lo que sí sé es que el tiempo infinito que he estado allí no era tiempo perdido, sino tiempo extremadamente aprovechado. Y tengo la impresión de que lo que voy a perder es todo el tiempo restante, porque va demasiado rápido.

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