[Crítica] The Imitation Game, la máquina que ganó la guerra

[Crítica] The Imitation Game, la máquina que ganó la guerra
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The Imitation Game, la máquina que ganó la guerra

The Imitation Game

Director:

Morten Tyldum

Reparto:

Benedict Cumberbatch, Keira Knightley, Mark Strong, Charles Dance, Matthew Goode, Matthew Beard…

Año:

2014

Duración:

114 min.

6.0

· 14 enero, 2015

Contaba con cinco nominaciones a los Globos de Oro, incluyendo Mejor Película (no obtuvo ninguno) y varias nominaciones a los Premio BAFTA; pero este biopic americano al estilo “british” se queda en el intento de ser una película tan rompedora como lo fue la historia que trata de contarnos…

Para rompedor, el personaje cuidadosamente retratado por el actor del momento, Benedict CumberbatchNo podríamos imaginarnos un personaje tan peculiar como el que retrata esta película (recordemos que está basada en hechos reales, concretamente en la vida de Alan Turing, un brillante matemático que logró con su máquina descifrar los códigos secretos de los Nazis durante la Segunda Guerra Mundial) interpretado por otro actor que no fuera el inglés.  Una personalidad fría, calculadora, egoísta y como diríamos ahora friki, que logró, pese a las adversidades, hacerse un hueco en la historia y demostrar al mundo de lo que su brillante mente era capaz. Desde luego, el mérito se lo lleva sin duda alguna él, ya que su papel en el juego le viene como anillo al dedo y su físico y su gestualidad son perfectos para definir a este extraño individuo. Hace un buen tándem además con su compañera de reparto, la también británica Keira Knightley (en la cinta podemos disfrutar de su impecable acento británico), correcta en su rol secundario como fiel compañera de Alan y posible esposa de bien.

Estamos ante un biopic de los pies a la cabeza, construido en base a una narrativa clásica y habitual del género, que se centra principalmente en la vida de Turing, partiendo de cuando logra entrar a trabajar para el gobierno británico y colaborar con ellos para vencer al enemigo. Se empeñan eso sí, en mostrarnos su infancia con breves y salteados flashbacks, en los que nos muestran que ya de niño era un lumbreras y que además tuvo muy clara su inclinación sexual a una edad muy prematura; fácil manera de contarnos algo que el espectador podría resolver por sí solo. Estas escenas, junto con las que nos muestran los “vestigios” de la guerra (para recordarnos que estamos en plena contienda, por si lo olvidábamos) no sólo son prescindibles sino que empañan al metraje en su conjunto.

El film resulta interesante, pero más por la historia que cuenta (resulta ser una adaptación del libro del también matemático Andrew Hodges titulado Alan Turing: The Enigma), que por la manera en que lo hace, arriesgando lo mas mínimo por hacer una película perfecta, por pretender hacernos creer que estamos ante un film británico cuando no es así (produce, entre otras, Weinstein Company). La película arranca con fuerza, pero decae a partir del momento en el que dan con la clave, y una vez el tema resuelto, el relato se regodea en la triste y marginal vida del protagonista, que no supo separarse de su máquina, ya que no quiso unirse a ningún ser humano. Repasa de manera fugaz y de un plumazo la manera en cómo surge y como se construye esa máquina prodigiosa que permite avanzar ante el enemigo (sino ganar la guerra, como ellos aseguran valientemente), evitar la muerte a miles de personas y poder adelantar el fin de la batalla. Para el que se quede con las ganas de saber más acerca de cómo fue la verdadera historia de la creación de esta máquina (y su creador, claro) recomendable echar un vistazo al documental Codebracker, de 2011, dirigido por Clare Beavan y Nic Stacey.

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