Jauja, el Matadero de Madrid y otros espacios de la mente

Jauja, el Matadero de Madrid y otros espacios de la mente
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Jauja, el Matadero de Madrid y otros espacios de la mente

Por · 11 Diciembre, 2014
Jauja, el Matadero de Madrid y otros espacios de la mente

Viggo Mortensen con espada. No es ningún blockbuster de aventuras para Navidad: “Jauja” es la película más ‘arty’ del momento.

Un tipo se masturba al aire libre. Otro come con las manos. Viggo llega con sus mejores galas militares. Es decir, el hombre civilizado se adentra en territorio salvaje. De eso habla Jauja en sus primeros minutos, pero el discurso va a ser bastante más complejo. Antes de Jauja, el bonaerense Lisandro Alonso se hizo su nicho festivalero con cuatro largometrajes experimentales (con actores no profesionales, reflexión metacinematográfica, sin narración en sentido tradicional) lo bastante sugerentes y esquivos para que la crítica no haya agotado sus interpretaciones.

En Jauja, Alonso introduce cambios sustanciales en su fórmula. Juega con los códigos del western: el paisaje abierto, el vestuario diecinuevesco y el viento agitando mechones de pelo evocan de inmediato a John Ford; una trama arquetípica conduce (a su manera) la película; y durante el primer tercio, largos diálogos añaden lecturas sociohistóricas.

Crítica Jauja - Lisandro Alonso

La película es arty por artística – es una colección de cuadros de apabullante colorido – y por artificiosa – los actores asumen posiciones forzadas para declamar sus antinaturales líneas -. Un último acto inesperado la enriquece notablemente, aunques es la parte central es la que todos recordaremos de Jauja: Viggo Mortensen deambulando por paisajes de la Patagonia cada vez más desérticos.

Más allá de las interpretaciones que se le dé, Jauja se convierte para el espectador en una experiencia inmersiva. 

Más allá de las interpretaciones que se le dé, el viaje se convierte para el espectador en una experiencia inmersiva. Lenta y sin grandes emociones, pero absorbente. Y consigue trastocar la mirada. Al salir del pase de prensa, uno se encontraba de repente en otro paisaje abrumador: el Matadero de Madrid, en el crepúsculo de una tarde otoñal, con muros pardos y ocres, suelo húmedo y un cielo interminable pavimentado de nubes.

No sabemos si los programadores lo hicieron a propósito o fue una coincidencia genial, porque allí, ya fuera del cine, culminaba la identificación entre la mirada del espectador y la de la cámara. Y uno se ponía metacinematográfico y pensaba en el papel que juegan las pelis en nuestra vida: ¿era más real mi breve paseo por un Matadero fantástico que ese viaje con Viggo por la Patagonia? Menos mal que, en el límite del Matadero, el WhatsApp y la merienda vienen ya al rescate de la mente.

 

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