La sal de la tierra: alegra la comida, escuece en la herida

La sal de la tierra: alegra la comida, escuece en la herida
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La sal de la tierra: alegra la comida, escuece en la herida.

Por · 30 Octubre, 2014
La sal de la tierra: alegra la comida, escuece en la herida.

Uno de los argumentos más sobados en el cine ‘feel good’ es el del urbanita ansioso que descubre el gusto por la vida “sencilla” en algún entorno bucólico (y en brazos de alguna belleza local). Como los vuelos están caros, los espectadores nos conformamos con el simulacro de vacaciones que la película nos da mientras dura, bajándonos el pulso con estampas paradisíacas.

Lejos de los tópicos de las comedias hollywoodienses, el documental La sal de la tierra nos inspira, en un principio, esa sensación de “qué bien se vive sin móvil”. La película es una inmersión en la obra del fotógrafo brasileño Sebastião Salgado, que ha viajado por los cinco continentes durante cuatro décadas y aúna concepción artística, compromiso social y sentido histórico. Juliano Ribeiro Salgado tuvo la iniciativa de filmar a su padre y después se sumó al proyecto Wim Wenders para ampliar y confeccionar la película.

A través de las propias fotografías de Salgado y de la filmación de los lugares que transita (con el off admirado de Wenders y hermosa banda sonora bien), el espectador pasa del pasmo que produce el trabajo en las minas de Brasil (ni el pantallón del cine es lo bastante grande para la épica de esas imágenes) a la cotidianeidad en pelotillas de una tribu de Papúa Nueva Guinea, y de ahí al espectáculo de los leones de mar congregados en el Ártico. Y en ese momento, cuando el espectador piensa lo bien que se está con el móvil apagado, viene el mazazo.

Crítica - La sal de la tierra - documental - Sebastião Salgado

Porque esto no es una comedia. La perfecta estructura del documental nos deja acomodarnos en nuestra butaca turística para llevarnos de súbito a destinos que normalmente evitamos mirar. Se materializan en pantalla la hambruna y los conflictos bélicos en África (también pasamos por Yugoslavia). El retrato es crudo (¿cómo si no?), y abochorna nuestra conciencia. Llegados a este punto, Wenders se pregunta cómo proseguir con la película. Es la misma pregunta que, tras presenciar el horror, tuvo que hacerse Salgado respecto a su arte. La respuesta, para el fotógrafo y para el documental, es la naturaleza.

La perfecta estructura del documental nos deja acomodarnos en nuestra butaca turística para llevarnos de súbito a destinos que normalmente evitamos mirar

La película no sólo da forma dramática a cuatro décadas de forma artística. Tiene más capas, como la complicada admiración de un hijo por un padre forzosamente ausente. Y además, La sal de la tierra establece un interesante diálogo entre formas de expresión, del mismo modo que Wenders ya hizo combinó danza y audiovisual en Pina (2011).

Aquí, la unión de fotografía y cine hace aflorar puntos de unión y particularidades. Wenders adopta en sus encuadres patrones estéticos claramente fotográficos (abundan las composiciones diagonales y el uso de la profundidad de campo); sin embargo, frente al instante imborrable captado por Salgado, la imagen de Wenders no puede fijarse. En el cine siempre hay movimiento, y a menudo es el propio Salgado, buscando una nueva perspectiva, quien no se está quieto (como Wenders lamenta amablemente). También el material filmado por Juliano Ribeiro muestra la diferencia entre ambos artes. En su refugio en el Ártico, padre e hijo ven acercarse a un oso polar. Sebastião se queja de que su pequeño ventanuco y el fondo helado le impiden componer una buena foto del animal; en cambio, a través del montaje, la película usa el acercamiento del oso para generar un suspense que luego se torna en humor.

Todo esto ofrece La sal de la tierra, y sin necesidad de que un yuppie neoyorkino se enamore de una italiana temperamental en sus vacaciones en La Toscana.

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