[Crítica] Noé, ¿ridículo o genial discurso filosófico de Aronofsky?

[Crítica] Noé, ¿ridículo o genial discurso filosófico de Aronofsky?
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[Crítica] Noé, ¿ridículo o genial discurso filosófico de Aronofsky?

Noé

Director:

Darren Aronofsky

Reparto:

Russell Crowe, Jennifer Connelly, Emma Watson, Anthony Hopkins, Ray Winstone, Logan Lerman, Douglas Booth…

Género:

Drama, bíblico, autor

Año:

2014

Duración:

138 min.

6.0

· 10 Abril, 2014

Paranoide, terco, alucinado, intransigente, fundamentalista, violento… No son adjetivos que uno suele relacionar con el amable Noé y su Arca de animalitos. Sin embargo,  Darren Aronofsky se sumerge en la psicología de un hombre que, al fin y al cabo, decide seriamente dejar morir a toda la humanidad.

Además recrea los eventos milagrosos que lo rodearon como si se tratase de ciencia ficción, con ángeles que parecen meteoritos y un dios más bien poco creacionista. Se toma a su manera las  bases bíblicas, y el resultado se coloca en ese punto de equilibrio entre el ridículo y la genialidad. No se puede negar que Noé es una película ambiciosa. Con su envoltura de superproducción, y su calado visual de fantasía épica, sigue siendo una película de autor que encuentra sus raíces firmemente asentadas en otras del director como Pi o Cisne Negro. De la primera hereda la necesidad de comunicar y entenderse con el universo (Dios) y de la segunda, la duda constante de que el mal puede residir dentro del bien, y sobre todo, dentro de uno mismo. El Diluvio es la decisión de Dios de exterminar a los impuros que se habían desviado de su camino, pero ¿quienes son esos desviados realmente? ¿Qué hombre puede decidir que miles de personas mueran? ¿Y en qué le convierte esa decisión?

Muy extraño es encontrar a un Noé con estos dilemas, cuando habitualmente no es más que un hombre que obedece a Su Señor. Darren Aronofsky da a sus decisiones toda la gravedad y dolor, dejando espacio para el individuo debajo del Dios. Sus penurias están más acentuadas aún por los sueños premonitorios más escalofriantes del género, muy propios del director de Réquiem por un Sueño.

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 También es curioso el entorno espiritual que lo rodea. Lo milagroso tiene en este film una justificación vital, es una magia que surge de la propia vida y de la naturaleza, más acorde con el pensamiento moderno. La espiritualidad es más propia de Paulo Coehlo o de cualquier teoría New Age, -mensaje vegano incluido- que de la Biblia. Tiene muchas similitudes con el sentido de la vida que buscaba The Fountain, película con la que Aronofsky se quedó a medias en su discurso pseudo-religioso, aunque, este caso, se ha dejado llevar completamente, con todas las consecuencias.

Al espectador medio le acompaña una mezcla continúa de admiración y de vergüenza ajena. Algunos usos de símbolos – desde el mismísimo comienzo del film- pueden sacarte de la narración antes de empezar, hasta que le pillas el tranquillo. Por momentos, incluso hasta al espectador más receptivo, el pensamiento subyacente a la belleza de las imágenes le parecerá infantil y vacío.

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En cuanto a los actores, Russel Crowe, caiga o no caiga bien, da una interpretación rica y sólida como acostumbra. Le rodea un elenco algo inferior, que además se las ven con sus personajes, no muy bien escritos. Emma Watson aguanta el tipo sin más, mientras que Jennifer Connelly, otras veces intachable, parece totalmente perdida en su personaje. Los hijos de Noé son directamente malas elecciones de casting. La mayoría de sus planos no parecen haber llegado al montaje final, con la excepción de Logan Lerman, muy competente en un papel que, por otra parte, era el más rico después del protagonista. Ray Winstone no puede conseguir mucho con su planísimo villano, un rey descendiente de Caín, pero lo que podía realizar tampoco lo hace. Anthony Hopkins es el respiro cómico de la función, un Matusalén que parece Merlín, otra decisión sui generis, pero muy acertada dentro de tanta intensidad apocalíptica. La película no funciona tanto como trama de personajes sino como discurso filosófico, algo bastante repetido en la obra de Aronofsky. Si Darren habla de personas, es de autistas ya que de relaciones sanas prácticamente no sabe escribir; mucho menos de familias.

En definitiva, se trata de una película que aún siendo irregular, con un clímax previsible (no solo porque te sepas el cuento) y un tercer acto excesivo, nos regala algunas de las imágenes e ideas más creativas y valientes jamás imaginadas  en un relato de la Biblia. Atención a los últimos momentos de los hombres, agarrados a un peñón, al silencio que lo acompaña; a la secuencia de montaje en que Darren explica la “creación”; o a la ascensión de los ángeles/alienígenas, que crean una mitología nueva y “verosímil”. Un film, sino completamente bueno, sí genuino.

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