La Caja B: La generación Yo, podemos cambiarlo todo... o no

La Caja B: La generación Yo, podemos cambiarlo todo... o no
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La Caja B: La generación Yo, podemos cambiarlo todo… o no

Por · 26 marzo, 2014
La Caja B: La generación Yo, podemos cambiarlo todo… o no

Hace unos meses, la prestigiosa revista Time publicaba en portada a una jovencita pelirroja de cara dulce haciéndose una foto a sí misma con su móvil de última generación. Esta adolescente, sin saberlo, forma parte de la generación más narcisista de la historia, la tuya y la mía, la ya bautizada como Generación Yo.

Desde que el mundo es mundo, la constante evolución social ha provocado el choque entre las distintas generaciones que cohabitaban en el planeta. Los de edad más avanzada observan siempre entre la añoranza y el desentendimiento a esas nuevas personas que han visto crecer y que empiezan a vivir mientras ellos se marchitan. Esa brecha generacional pocas veces ha supuesto un choque de incomprensión tan abrupto entre miembros de diferentes generaciones como sucede en la actualidad. Y es que hay algo que nos diferencia a los jóvenes de hoy con los jóvenes de ayer: nosotros somos los millenials, los hijos de la tecnología.

Entre las muchas cosas que nos separan de las generaciones que nos precedieron hay una básica. Ellos sólo conocían una forma de vivir, nosotros tenemos dos vidas. La primera es la vida real, la vida en la que respiras. La segunda, aquella que tus abuelos nunca tuvieron y de la que eres poseedor sin remedio, es la vida on-line. Una esfera invisible en la que hemos ido dejando nuestra huella sin darnos cuenta y que ha ido creando una estela imborrable de lo que somos y de lo que hemos sido en Internet. Una vida que sobrevivirá a nuestra muerte.

Somos, estadísticamente, más narcisistas que nuestros padres. Buscamos el éxito rápido sin apenas sacrificio, no queremos responsabilidades y cualquier dispositivo electrónico que nos conecte con el mundo es nuestro dios

En el artículo que la revista Time dedicó a nuestra generación se apuntaban datos realmente interesantes. Somos, estadísticamente, más narcisistas que nuestros padres. Buscamos el éxito rápido sin apenas sacrificio, no queremos responsabilidades y cualquier dispositivo electrónico que nos conecte con el mundo es nuestro dios. Nos definen como la generación de consumidores más poderosa de la historia, con un grado de homogeneización a nivel global insólito. Vivimos en un escaparate continuo por lo que el capitalismo nos adora, las nuevas estrellas surgen a raíz de nuestras visitas en Youtube, las revoluciones sociales comienzan en Twitter y plagamos de selfies – palabra del año 2013 para el diccionario Oxford – nuestros muros de Facebook. El mundo está en la palma de nuestra mano y eso nos hace sentir importantes.

El avance tecnológico nos ha abierto las puertas a una libertad comunicativa inaudita. Y como ocurre siempre cuando algo que era limitado o restrictivo pasa a ser pasto de las masas, existe una explotación en el proceso de institucionalización de los nuevos hábitos. En cierto modo, esta vorágine de interacción social continua – y, por qué no, enfermiza – en la que estamos inmersos puede compararse, por ejemplo, con el cine del destape. En aquella etapa libertina de nuestra historia cinematográfica, pasamos de una férrea censura a enseñar tetas y culos por doquier, sin ton ni son. ¿Por qué? Simplemente porque ya nos estaba permitido y podíamos hacerlo. Luego la cosa se fue calmando, hasta el punto en que esa euforia colectiva se diluyó y ya nadie se sorprendía ni necesitaba ver pechos en una película para poder disfrutarla. La apertura de la veda al desnudo puede compararse con la sobredosis de información irrelevante acerca de nosotros con la que, día a día, llenamos el ciberespacio.

Pero, ¿es esto bueno o es malo? Aunque las consecuencias y el impacto de las nuevas formas de relacionarnos con el mundo  es algo que veremos a largo plazo, son muchos los efectos inmediatos que ya se observan. Vivimos sumidos en la vorágine de la sobrecomunicación virtual, mientras una de cada siete personas sufre de alexitimia, esto es, la incapacidad de expresar verbalmente sus sentimientos y emociones. Nuestra relación dependiente y casi enfermiza con la tecnología nos convierte prácticamente en androides autistas que se relacionan con el entorno 2.0 más que con su entorno real. Las relaciones sociales del nuevo milenio comienzan y se desarrollan en un entorno superficial y artificial que promueven prejuicios y juicios de valor sobre personas a las que en verdad apenas conocemos.

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Probablemente, el potencial para mejorar la sociedad que tenemos al alcance aquellos que pertenecemos a la Generación Yo no se puede comparar a nivel pragmático con el de ninguna generación anterior a la nuestra. Si embargo, y a pesar de poseer las herramientas óptimas para cambiar el mundo, caminamos por una senda poco humana y demasiado digital.

¿Cómo avanzará la Generación Yo, y los más importante, quiénes la sucederán? ¿Serán nuestros nietos inevitablemente más digitales que nosotros, o se reirán de aquellas personas que desperdiciaron parte de su vida publicitándose tontamente en sus redes sociales para gente que ni siquiera los conoció, creyendo que el mundo giraba a su alrededor, maquillándose y peinándose para mostrar esa cara bonita que sin filtros era de lo más corriente, viendo vídeos absurdos en Youtube y hablando de cosas banales porque eso les hacía cool? Pensadlo, nuestra generación está en creación y lo que de ella se recuerde depende de nosotros. Y de Facebook, y de Twitter, y de Instagram, y de Linkedin, y de Pinterest, y de Tumblr y de Google… La Generación Yo, la nuestra, puede cambiar la historia, pero también perderse en ella.

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