House Of Cards: la perversa obsesión por el poder

House Of Cards: la perversa obsesión por el poder
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House Of Cards: la perversa obsesión por el poder

Por · 5 Marzo, 2014

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Si en lugar de dedicar su vida al ajedrez, Garry Kasparov se hubiera decantado por la política y hubiera decidido convertirse en congresista, el resultado sería Francis Underwood, un hombre con la capacidad y frialdad suficientes para conseguir alcanzar su ambición movimiento a movimiento, a base de “comer piezas”.

House of Cards se presentaba como la adaptación de una homónima mini-serie británica emitida a principios de la década de los noventa. Reconozcamos, en principio, que una ficción que asienta sus bases en asuntos políticos se enfrenta a la dificultad de encontrar un target que le dé una buena acogida. No hablamos de un producto pensado para un público masivo, precisamente. Por suerte, esta producción tiene todos los ingredientes necesarios no solo para llegar a público y conquistar a crítica, sino para saciar el más básico y sádico de los instintos competitivos del ser humano –ese que aunque nos empeñemos en negar, como San Pedro, está en cada uno de nosotros-. De hecho, con su primera temporada, estrenada en 2013, consiguió colarse en la lista de las 10 series mejor valoradas según el estudio anual del AFI (American Film Institute).

El personaje del congresista Underwood (interpretado por un sublime Kevin Spacey), no encuentra la recompensa prometida una vez que el representante de su partido consigue el máximo estatus al que un norteamericano podría aspirar, ni más ni menos que el de Presidente de los Estados Unidos. Desde este preciso instante, cual experto ajedrecista, comenzará una estrategia que le lleve directo a conseguir sus metas, sin que los escrúpulos tengan cabida en su camino. Pero en esta senda no estará solo, ya que en House of Cards se cumple el tópico “detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer”; aunque si nos permiten la adaptación, en este caso debería ser “detrás de todo gran hijo de puta, hay una gran hija de puta”; y es que Claire Underwood (encarnada por la galardonada Robin Wright) tampoco se queda atrás. Son la pareja perfecta; perversamente perfecta, más bien. La mujer del congresista tampoco atiende a sensibilidades cuando de conseguir objetivos se refiere. Tal es la conexión entre el matrimonio, que no serán pocas las ocasiones en las que rompan por completo los esquemas del espectador.

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Toda esta aura de cinismo e hipocresía, tan repulsiva como atrayente a partes iguales, viene respaldada además por una gran producción, donde cabe destacar la dirección de fotografía, un maravilloso reparto (aparte de la pareja protagonista), y el haber puesto algunos de sus capítulos en las manos de directores de la talla de James Foley o el mismísimo David Fincher, quien también se encarga de la producción. Este equipo va tan sobrado, que incluso se la han jugado con Joel Schumacher al frente de un par de capítulos, aquel que casi pasa a la historia como “el destructor” de la saga Batman. Como pueden comprobar, no le falta guinda al pastel: a esto hay que hincarle el diente.

Por si no fuera suficiente, las maniobras de los personajes de la serie y sus manipulaciones han llegado a superar la ficción e instaurarse en la realidad, hasta tal nivel que hace pocos días Netflix comunicaba su decisión de retrasar la producción de la tercera temporada hasta que les sean facilitadas las exenciones fiscales que estiman oportunas –el pastizal, para que nos entendamos- ya que en Maryland, estado donde se rueda la serie, se encuentran en pleno debate legislativo sobre impuestos en lo que a producción televisiva se refiere. De lo contrario, se encuentran dispuestos a trasladar todo el rodaje a otro lugar, y así lo han manifestado, sin despeinarse.

Como pueden ver, el morbo está servido. Así pues, queridos lectores, si sentís una irrefrenable atracción por las mentes frías, perversas y calculadoras, House of Cards es, sin lugar a dudas, vuestra serie.

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