[Crítica] Oh boy: la generación sin brújula

[Crítica] Oh boy: la generación sin brújula
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[Crítica] Oh boy: la generación sin brújula

Oh Boy

Director:

Jan Ole Gerster

Reparto:

Tom Schilling, Marc Hosemann, Friederike Kempter, Justus von Dohnányi…

Año:

2012

Duración:

83 min.

8.5

· 10 Marzo, 2014

Desde Alemania llega a nuestras carteleras Oh Boy, una cinta independiente sobre la crisis existencial de un joven berlinés en la Europa contemporánea.

La pandemia de melancolía que parecía vaticinar Lars von Trier en su particular visión del apocalipsis (Melancholia, 2011) parece haberse convertido en realidad.  Algo le pasa a la juventud de la vieja Europa. Hace tiempo que asumimos, con reprobable estoicismo, que íbamos a vivir peor que nuestros padres. Nunca hemos pasado hambre, la salud tampoco ha sido un problema y somos licenciados porque no serlo no era la opción más sensata. Hemos crecido como pequeños burgueses en una sociedad, la del bienestar, que nos ha mecido la cuna sin pedirnos mucho a cambio. Pero somos cada vez más infelices y la inercia es la dueña de nuestras decisiones.

La cara de Niko encaja a la perfección con aquella frase del gran Groucho Marx: “Paren el mundo que yo me bajo”. Como tantos otros ciudadanos de este lugar llamado mundo, Niko (Tom Schilling) vive sin brújula por un Berlín en blanco y negro que se le antoja cada vez más inhóspito. Sin trabajo, sin dinero, sin ambiciones, y con una agridulce y constante sensación de desasosiego que aplaca inevitablemente cualquier esperanza de encajar en un entorno en el que todo le parece impostado y en el que un viejo que apesta a ginebra y a misantropía supone la única esperanza de entendimiento con la raza humana.

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La historia de Niko no nos es desconocida. ¿Cuántas veces hemos oído en nuestra vida que conseguiremos todo los que nos propongamos? Nos han educado con la falacia del éxito como motor de la vida, los edulcorados mensajes positivos afloran como plagas en nuestros muros de Facebook, pero somos absolutos ineptos a la hora de gestionar el fracaso… Porque no nos han enseñado a perder. Niko es un fracasado que parece haber aceptado que nunca va a ser un triunfador, pero por si acaso ya están allí su adinerado padre o un cínico psicólogo, entre otros, para recordarle que en la vida se gana o se pierde, y sus papeletas sólo apuntan hacia el fiasco. Y es que es fácil colmar de lisonjas a quien va por la buena senda, pero parece que no hay espacio para meditabundos cabizbajos en esta jungla de asfalto que llamamos hogar.

Con el que supone su excelente debut cinematográfico, el realizador alemán Jan Ole Gerster se hizo con el galardón al mejor director novel europeo del 2013. Oh Boy es una comedia en la que se palpa una exquisita influencia de la nouvelle vague francesa. Su gran baza es que, con simpleza y sin pretenciosidad, funciona como un excelente retrato generacional. El retrato de esa juventud que pese a tenerlo todo a su alcance no consigue nada. Esa juventud que vive en la multiculturalidad pero no es capaz de entenderse con alguien que habla su misma lengua. Esa juventud que no ha vivido una gran guerra pero que siente haber perdido la batalla contra un futuro que anuncia tormenta. Esa juventud que ha dejado de soñar y lucha por encontrar sentido a la existencia en un mundo hostil. Esa juventud que es la nuestra, la que puede ser la primera generación de perdedores de la historia.

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