[Crítica] La Venus de las pieles: el secuestro de una diosa

[Crítica] La Venus de las pieles: el secuestro de una diosa
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[Crítica] La Venus de las pieles: el secuestro de una diosa

La Venus de las pieles

Director:

Roman Polanski

Reparto:

Mathieu Amalric, Emmanuelle Seigner

Año:

2014

8.0

· 31 Enero, 2014

Siguiendo la estela de sus recientes adaptaciones teatrales, y de la trama de escenario único y agobiante de “Un dios salvaje”, Polanski adapta la obra de Broadway “La Venus de las pieles” de forma tan minimalista  y familiar que tan sólo cuenta con tres elementos principales. Un teatro, Mathieu Amalric, peinado de forma que recuerda al joven Polanski que protagonizó “El baile de los vampiros”, y Emmanuel Seigner, la mismísima mujer del director seduciendo al personal. Estos son los ingredientes de una película en torno a una audición, donde al final, no se sabe quién está probando a quién… 

En un día lluvioso, una aspirante a actriz llega tarde a su prueba y encuentra al director de la obra solo, decepcionado y furioso al no haber encontrado en todo el día a una candidata decente para interpretar a Vanda, su protagonista. Aunque él intenta quitársela de encima y hay serias dudas de que estuviese siquiera citada, la tenacidad e insistencia de ella – y su bolso lleno de accesorios a lo Mary Poppins-consiguen que él le ofrezca un momento de su tiempo, que se convertirá en toda una noche traviesa, sensual, enervante… Un deleite de interpretaciones acertadísimas y un juego escenográfico que convierte el teatro en un universo paralelo.

La mayoría de los films de Polanski son personalísimos y se relacionan fácilmente con etapas de su vida: su propio vagabundeo huyendo de los nazis se reflejaba en El Pianista, su infancia interrumpida en Oliver Twist; pero este film es aún más descaradamente autorreferencial, ya que habla de los delitos y faltas de cualquier autor, sea literario, teatral o de cine. Amalric interpreta al adaptador y director de la obra de teatro, exactamente la misma función que realiza Polanski en la dirección de su película.

Ecos no sólo  autobiográficos sino de su propio mundo erótico bastante retorcido -recordemos Lunas de Hiel- vuelven en este film reforzados por las supuestas tendencias sadomasoquistas del personaje de Amalric.

La película entera es una suerte de juego de espejos, una mise en abyme que funde vida real, cine y teatro… Aparte de los paralelismos con la vida de Polanski, lo que más abunda es el traspaso entre realidad y ficción, es decir, entre la obra que interpretan los personajes y ellos mismos. Es incesante en la película, y el espectador incluso anda perdido, no sabiendo si los personajes actúan, improvisan, o si se dejan llevar por sus propios impulsos y pasiones. Algo que recuerda a otros largos de metalenguaje teatral o cinematográfico como Todo sobre mi madre o Mulholland Drive, donde la representación teatral o la audición esconde más verdad de lo que se espera. Vanda en particular, es un misterio sin resolver. A ratos vulgar y a ratos una diosa, las extrañas sorpresas de la chica son graciosas hasta que llegan a inquietar.

 Los diálogos de toma y daca entre ellos llevan el ritmo de la acción y poco a poco desvelan el tema escondido detrás de este paripé: el sadomasoquismo como un elemento esencial de las relaciones entre hombre y mujer,  entre director y actriz y entre dioses y hombres. Directamente exportado de la tragedia griega, se nos habla del destino fatídico de cualquier relación: uno debe dominar y otro ser dominado.

Polanski aprovecha la versatilidad del teatro, su luz y sonido, y la imaginación de los personajes para recrear un mundo más amplio del que realmente vemos

El reto interpretativo entre ambos es excelente, con Amalric sufriendo los mayores cambios y reveses sometido a esta sospechosa actriz que prácticamente le secuestra. El film arranca con un plano secuencia subjetivo que es la esencia del personaje de Emmanuelle Seigner, acechante, incisiva, divertida (gracias a la música). Entramos en la película con ella, dispuestos a capturarla.

Polanski aprovecha la versatilidad del teatro, su luz y sonido, y la imaginación de los personajes para recrear un mundo más amplio del que realmente vemos. El teatro es un personaje más en el film y su control es parte de la pugna entre los protagonistas. Usa el escenario para dar una posición de poder – más alta- a según que personaje, truco explicitado por ellos mismos. El metalenguaje llega hasta tal punto, que los personajes te dan las pistas claras de la intención interna del film, te señalan lo que es un símbolo fálico, comentan el arco de evolución de sus personajes, y la intención dramática de un final sorprendente. Un film auto-analizado que, si bien está hiperdialogado, no por ello resulta pedante sino altamente disfrutable y rico en matices, uno de los mejores logros de Polanski en años.

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