[Crítica] El lobo de Wall Street, una inyección de testosterona

[Crítica] El lobo de Wall Street, una inyección de testosterona
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[Crítica] El lobo de Wall Street, una inyección de testosterona

El lobo de Wall Street

Director:

Martin Scorsese

Reparto:

Leonardo DiCaprio, Jonah Hill, Margot Robbie, Matthew McConaughey, Jean Dujardin…

Año:

2013

Duración:

179 min.

9.0

· 24 Enero, 2014

La segunda juventud que el mítico director Martin Scorsese lleva viviendo unos años, y su relación de fidelidad absoluta con el actor fetiche/productor Leo DiCaprio nos trae este año una película que gusta a todos. Con ella satisface a la perfección tanto el hambre de desenfreno de las masas de consumidores como el criterio de la buena crítica.

Y es que El lobo de Wall Street es algo así como si el director de Taxi Driver hubiese decidido hacer la cuarta entrega de Resacón en las Vegas con un reparto de lujo y una cinematografía sobresaliente… porque obviamente, es un genio. La película es un auténtico desparrame, una eyaculación de dos horas, a la que le sigue una hora para recuperar el sentido. La mayoría del metraje describe la sensación del hombre blanco que camina por la cresta de la ola, esa combinación de riesgo, ideas revolucionarias y fiesta extrema de un joven que se marca como único destino la gloria. Durante unos años de su vida solo tiene el cielo como límite de sus acciones, pero esto, en Wall Street, se traduce en una espiral de corrupción…

Por eso Scorsese nos regala planos que combinan lo magistral con el sueño húmedo de todo quinceañero (bueno, todo hombre): la cámara subiendo por el contorno perfectamente recortado a contraluz de un culo femenino, un enano volando directamente hacia la cámara en una de las fiestas, un travelling que acompaña a una procesión de prostitutas que convierten una oficina en una orgía en tiempo records, penes que salen del pantalón a la mínima, etc. El Scorsese más punk que se ha visto jamás -a sus 71 años- no se corta un pelo en soltar toda la mandanga y ponerle canciones pop a su película. ¡Estas hecho un chaval, Martin!

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La ascensión al éxito desbordante de Jordan Belfort  (interpretado por un DiCaprio con tanta energía que podría poner en marcha su yate con una mirada) recuerda también al estilo del Scorsese de Casino. De hecho la cámara lenta sirve, de la misma manera que en aquella, para paralizar a los personajes en mitad del éxtasis más absoluto de sus vidas, drogados hasta las cejas y con más dinero del que cabe en un avión, dirección Suiza… Con un ritmo acelerado por el siempre poderoso y expresivo montaje, así como una minuciosidad extrema, se narran las etapas, rutinas y métodos que llevan a Belfort directamente a lo más alto. Métodos que incluyen mezclar todo tipo de drogas, un hábito de los yuppies de Wall Street que la película subraya hasta la saciedad.

Hill y Dicaprio hacen una pareja hilarante en las escenas de colocón más intensas y desproporcionadas jamás filmadas en la historia del cine

Junto a la interpretación de Leo, que combina vis cómica con el carisma más brillante, tenemos a dos otros destacables actores: Matthew McConaughey en uno de sus papeles más frikis, sirve de mentor y de imagen del futuro del protagonista, y Jonah Hill, muy justamente nominado al Óscar por su encarnación del hombre medio/mediocre que se sube al barco del éxito. Hill y Dicaprio hacen una pareja hilarante en las escenas de colocón más intensas y desproporcionadas jamás filmadas en la historia del cine. Junto a ellos otros reyes del acting, como Jean DuJardin, y los curiosos cameos de los directores Spike Jonze y Rob Reiner, respectivamente el jefe y el padre de Belfort.

Aún siendo disfrutable casi por completo, el problema del film –que lo tiene- es su último acto. No sólo es previsible y demasiado largo, excepto por las dantescas secuencias de mar que encapsulan la transformación final del héroe, sino que sobre todo resulta confuso, por lo que no llega a plasmar la tesis definitiva del film. No sabemos al final de la cinta, si se trata de un discurso cautelar sobre corrupción y adicción, si es una crítica al sueño americano y a la sed de poder, o si es una defensa de una personalidad espectacular como la de Jordan Belfort. Un poco de todo en realidad: al tratarse de una historia real, Scorsese está demasiado documentado, graba lo que pasó con Jordan, que es muy diferente a cerrar su propio discurso fílmico, tan excelente hasta ese momento.

Aunque es fácil entender que Scorsese quería retratar la deshumanización (o bestialización) de un hombre que sólo quiere más y más (llegando al desprecio total por los otros y la vida), lo que más destaca en realidad es su gustosa inmersión en el frenesí, su simpatía por su protagonista, y el resto de la manada de lobos…

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