La caja B: el incómodo silencio. Adiós Canal Nou

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La caja B: el incómodo silencio. Adiós Canal Nou

Por · 4 diciembre, 2013
La caja B: el incómodo silencio. Adiós Canal Nou

Un fundido a negro, unas cuantas verdades ocultas y mucha indignación es lo que ha quedado tras casi veinticinco años de emisión. Cierra un canal de televisión y el mundo se paraliza. Pero, ¿por qué? ¿Realmente era para tanto? ¿O nos hemos quedado cortos? ¿Hemos hablado mucho? ¿o tal vez demasiado poco? Juzguen ustedes mismos.

El silencio siempre es incómodo, aunque muchas veces acaba siendo la causa de todo. El problema es que las consecuencias nunca son previsibles y acaban afectando de forma directa a los menos responsables. Llevamos desde hace semanas observando el cierre de un canal de televisión. Hemos sido testigos de una de las peores formas de terminar las cosas, la imposición a la fuerza; encima, televisada. Hemos visto cómo se ofrecían ruedas de prensa populistas mientras, por detrás, se invertía el dinero que se supone que no existe donde interesaba invertirlo. Hemos visto cómo los afectados por esta decisión se manifestaban pidiendo una rectificación, cómo la población se volcaba con estos trabajadores, porque, al fin y al cabo, son eso, trabajadores, y todos nos sentimos identificados. Hemos visto cómo no temblaban las manos, ni desde luego, las palabras. Y todo eso lo hemos visto desde el sillón de casa, sintonizando una emisora que hacía mucho que no sintonizábamos. Una suerte de Gran Hermano sin confesionarios ni las salidas de tono de Mercedes Milá.

Hemos visto cómo la plantilla del canal autonómico crecía sin mesura en los últimos años. Hemos visto cómo pasaban directores que terminaban ascendiendo a cargos políticos. Y cómo se hacían fichajes estrella a precios millonarios. Hemos visto cómo su audiencia caía en picado. Cómo se silenciaban informaciones y se maquillaban otras muchas, para no ofender a quien decidía los presupuestos. Hemos visto cómo se claudicaba sin condiciones. Y cómo los valientes, los realmente valientes, se enfrentaban a las exigencias y terminaban en la calle, con una caja de cartón llena de cosas -o eso nos ha enseñado la televisión americana- y buscaban su futuro en otro sitio. También hemos visto cómo se convocaban plazas sin necesidad, cómo se nombraban consejeros y cómo los altos cargos se repartían un botín que parecía que nunca iba a terminar. Y todo eso lo hemos visto también desde la comodidad del sofá. Aunque en este caso decir “lo hemos visto” es mucho decir, porque, en realidad, casi nadie lo veía.

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Con la decisión del cierre del canal llegó la anarquía y empezaron a salir las verdades. Verdades que todos conocíamos pero que nadie se atrevía a decir

Dejar perder un trabajo no es fácil. Y más cuando de este trabajo dependen otras personas que no tienen nada que ver en ello. A nadie se le pide valentía cuando luego puede que venga el miedo, pero que nadie reivindique valentía cuando el barco ya está hundido. Con la decisión del cierre del canal llegó la anarquía y empezaron a salir las verdades. Verdades que todos conocíamos pero que nadie se atrevía a decir. Verdades que los que daban la cara conocían pero que les venía mejor no evidenciar. Verdades que los de arriba escondían y que a día de hoy siguen escondiendo. El drama aquí es el de las personas que han perdido su puesto de trabajo por las decisiones de otros, pero nada más. No lamentemos cosas que no son lamentables. Salgamos a la calle por esa gente, sí, como debimos haber salido cuando cerraron centros de investigación y nadie -o muy pocos- lo hicieron. Pero es que, claro, la investigación no sale por la tele. Una lástima.

El cierre de un canal de televisión arruinado debería conllevar un juicio a quiénes decidieron arruinarlo. Es tan sencillo como buscar, comparar y evidenciar. Ese es el paso que nunca veremos desde la comodidad de nuestro sofá. Esa es la justicia que nunca se hará con los trabajadores, que, al fin y al cabo, solo cumplían órdenes. Pero no nos equivoquemos, no queramos vender las cosas como no lo son. El cierre de un canal de televisión no es el cierre de la voz de un pueblo. Hablemos de los futuros desempleados, hablemos de la mala gestión, hablemos de los millones de euros desaparecidos, pero no queramos hacer creer a la gente que esa era la voz de un pueblo porque la realidad es muy distinta. Termina un canal que servía de altavoz al Gobierno de turno, un canal que programaba múltiples espacios -más al principio que ahora- en una lengua que no era la propia de la región, un canal que se bajaba los pantalones. No se pierde la voz por una sencilla razón: hace mucho que está perdida. Se pierden los puestos de trabajo y se quedan inmunes los causantes del problema, pero la voz, no. Eso va por otros sitios.

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