[Crítica] 12 años de esclavitud o el hombre reducido a la nada

[Crítica] 12 años de esclavitud o el hombre reducido a la nada
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[Crítica] 12 años de esclavitud o el hombre reducido a la nada

12 años de esclavitud

Director:

Steve Mcqueen

Reparto:

Chiwetel Ejiofor, Michael Fassbender, Benedict Cumberbatch, Paul Dano, Paul Giamatti, Lupita Nyong’o…

Año:

2013

Duración:

133 min.

9.5

· 16 Diciembre, 2013

Basada en la autobiografía de Solomon Northup, la película es un viaje angustioso hacia la peor de las miserias humanas. Un hombre próspero y libre es engañado, secuestrado, vendido, y obligado a trabajar de plantación en plantación sirviendo a un amo cada vez más inmoral que el anterior. Esta injusticia que fue ley para muchos hombres durante siglos es diseccionada por el director británico Steve McQueen con pulso firme y cortes certeros.

Las primeras escenas muestran un montaje en paralelo de la vida pasada y presente de Solomon (Chiwetel Ejiodor) donde se nos hace incomprensible que un acomodado violinista de Saratoga, Nueva York, acabe siendo una bestia molida a latigazos en Louisiana. Se intercalan imágenes contradictorias de su apacible vida familiar y de sus penurias como esclavo: las labores del campo opuestas a su elevada vocación como músico, el amor a su mujer opuesto al sexo por desahogo que tiene esporádicamente en la plantación. Es una introducción excelente que deja sin palabras ante la injusticia más absurda.

Steve (Rodney) McQueen es multifacético: fotógrafo, actor, artista…  Su carrera en el cine es en realidad muy reciente y, tan sólo con un puñado de cortometrajes y tres filmes realizados, ya se puede decir que se trata de un comunicador excepcional, Hunger (2008) y Shame (2011) eran sólidas pruebas de ello. En ellas descubrimos a un cineasta diestro en retratar las bajezas humanas de una forma cruelmente bella.

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Esto es lo que ocurre también en 12 años de esclavitud: una fotografía luminosa y preciosista encapsula nuestra peor pesadilla.  El horror de esta historia de abuso del hombre por el hombre nos duele mucho más porque llegamos a ella hipnotizados por un paisaje sureño de equilibrada belleza. La luz neutral de una mañana de domingo en una plantación, la pálida delicadeza de la mujer del peor esclavista de EEUU ¡incluso sus pantanos nos parecen limpios! Esta imagen antiséptica esconde la locura humana, vacía e irracional.

A Mcqueen le interesan los callejones sin salida de la psique del hombre, en particular el que lleva a la insensibilidad. El personaje de Michael Fassbender encarna este problema que el director desmenuza como tiranía, codicia y cariño mal enfocado. El actor fetiche de Mcqueen, -aparece en todas sus películas-, posee esa mirada cristalina y expresión impasible que recuerda a un ser poco humano (no por nada interpretó a un robot en Prometheus). Aquí es Edwin Epps, un esclavista que junto a su mujer (Sarah Paulson) domina de forma enfermiza a los negros que compra.

A Mcqueen le interesan los callejones sin salida de la psique del hombre, en particular el que lleva a la insensibilidad. 

Entre ellos se encuentra el personaje de Ejiofor, completamente en las antípodas de Fassbender en su interpretación. La cálidez y nobleza de su personaje nos rompe el corazón en cada escena, desde el terrible momento donde se despierta encadenado por primera vez, hasta el interminable plano fijo en el que recibe castigo tan sólo por ser un “negro inteligente”.

El reparto de la cinta es excelente: Lupita Nyong’o hace un impactante debut como actriz en el papel de Patsey, la esclava condenada a ser el “ojito derecho” de un hombre miserable. Otros secundarios de lujo son Paul Giamatti, el repulsivo mercader de esclavos, Benedict Cumberwatch como jefe de plantación honrado,  Paul Dano como un patético jefecillo sureño, o Brad Pitt en un papel que explota el carisma del actor de forma muy inteligente…

Hay una crudeza intrínseca en la película de Mcqueen, por ejemplo en los planos de hombres en fila perplejos ante su nueva condición de esclavos; en la desnudez de los cuerpos, curvados de vergüenza y miedo; en los planos que atraviesan las cañas de azúcar o los pantanos: una vegetación que nos oprime y de la que no se puede escapar porque los cazadores de hombres están agazapados por todas partes.

El terrorífico viaje de Solomón empieza por mar, pero McQueen solo muestra la turbina del barco, con su aparatoso sonido y su velocidad asesina. El artefacto casi nos llega a cortar, igual que le corta la vida a Solomon, igual que deja una estela de surcos en el agua a su paso que es un forzado camino sin retorno. Sobre ese camino se  arrojan los cuerpos de los negros que se rebelan y que muy bien podrían ser Solomon. Para evitar su muerte deberá callar, cambiarse el nombre, comportarse como un perro adiestrado, esconder su inteligencia para que no le maten por ella:  el hombre reducido a la nada.

No quiero sobrevivir, quiero vivir” afirma Solomon al principio del film, hablando del derecho de cualquiera a ser un hombre completo. Pero en el transcurso de su martirio, la vida queda muy lejos, y quizá nunca vuelva. Al final, la sentencia de McQueen resuena rotunda y dolorosa: para la mayoría de los esclavos de EEUU, como para todas las personas oprimidas de la historia y de hoy, la vida siempre es algo que le pasa a los otros.

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