La Caja B: Samaritanos virtuales. De buenos, tontos...

La Caja B: Samaritanos virtuales. De buenos, tontos...
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La Caja B: Samaritanos virtuales. De buenos, tontos…

Por · 11 Noviembre, 2013
La Caja B: Samaritanos virtuales. De buenos, tontos…

¿Están hartos de que los demás se aprovechen de su trabajo? ¿Piensan que todo el mundo es más listo que ustedes, o al menos, le echa más morro? ¿Creen que están indefensos ante las injusticias diarias? ¿Se sienten desamparados e incomprendidos? Les presento tres situaciones reales que podrían haberle sucedido a cualquiera.

Permítanme que esta semana venga indignado. Sí, indignado. Puede que no tenga derecho a ello, pues falté a mi última cita semanal y los indignados deberían ser ustedes, los lectores, pero algunos de los eventos con los que me he encontrado estos días han elevado mi grado de indignación a cotas insospechadas. Las injusticias de las que he sido partícipe no son de gran calibre, lo reconozco. No afectan al conjunto de la población, ni seguramente tendrán un hueco en los principales periódicos -aunque contando que las noticias más leídas son siempre relacionadas con sucesos escabrosos y generalmente sexuales, tampoco sería tan raro verlas en primera plana-. Son hechos que han llegado a mis oídos a través de las redes sociales, los muros de las lamentaciones del siglo XXI. Les pongo en antecedentes para que empiecen a comprenderme.

Primera situación.
Echar una mano y que los demás te roben los anillos.

Imaginen que son ustedes periodistas y que tratan de abrirse camino en un mercado saturado y complejo. Se pasan los días enviando correos a diversos medios, proponiendo temas, escribiendo artículos que posiblemente nunca vean la luz y ofreciéndose al mejor postor por una cantidad ridícula de euros. En esas, un conocido suyo les pide colaboración para un artículo que ha escrito. Ustedes, como buenos samaritanos, le ofrecen su ayuda y le pasan unas cuantas notas bien originales y chisposas que su conocido no duda en añadir. Todo el mundo celebra el buen hacer de su conocido e incluso ustedes le dan la enhorabuena. Más tarde, ese mismo conocido les dice que le han fichado para otra publicación y que si no les sabría mal pasarle algunos temas que puedan ser interesantes porque, claro, no quiere quedar mal. Ustedes, como de buenos son tontos, le dan unas indicaciones de artículos que tenían en la recámara, pues siempre han pensado que ayudar a los demás es casi una obligación. Al poco su conocido les escribe para decirle que los temas les han encantado, que la publicación está loca por ponerlos en portada y que, encima, pagan bien y puntualmente. Y por si no tuvieran bastante, les reenvía el correo del editor alabando la creatividad de los temas propuestos. ¿Sin vergüenza? Sí, pero no pasa nada, continúan viviendo.

Segunda situación.
Ustedes copian. Los demás se inspiran.

Como periodistas en ciernes que son, dedican mucho tiempo a atender sus redes sociales, pues alguien les ha dicho que ahí es donde se encuentra realmente el trabajo. Tuitean ingeniosamente, se hacen seguidores de la gente que interesa y comparten los pocos artículos que consiguen publicar. En esas, alguien les acusa de plagio. Sí, de plagio. Investigan un poco más y se encuentran que desde una cuenta vinculada a un blog que publica de forma anónima les dicen que su último artículo no es más que una copia de otro artículo aparecido en una revista americana y que ustedes únicamente se han pasado por el traductor de Google y lo han publicado. Ustedes, muy indignados, claro, le dicen a la persona que lleva ese perfil que de eso nada, que ese artículo aparece convenientemente citado y que el tema ha salido en muchas otras publicaciones. El perfil en cuestión les responde que está muy decepcionado con ustedes, que nunca hubieran pensado que alguien de su valía iba a copiar tan descaradamente pero que les perdonan. Ustedes, que no nacieron ayer, le dicen que de perdonar nada, que no han copiado, que los temas no son de nadie y que no entienden a qué viene esas acusaciones, pero el perfil está demasiado ocupado como para dedicar un minuto a explicarles dónde está el plagio concreto. En lugar de eso, le dan al favorito a su último comentario y continúan con su vida, dejando la duda en el aire como si no hubiera pasado nada.

Photography for Emmerson College Viewbooks.

Tercera situación.
Su trabajo no importa. El de los demás sí.

Viendo que nadie les hace caso, deciden tomar la iniciativa y montar su propia publicación. Evidentemente, no tienen dinero, pero sí muchas ganas de trabajar, así que se dedican a confeccionar la práctica totalidad de los contenidos y a escribir noche y día como si les fuera la vida en ello. Entonces, reciben un mensaje de un desconocido. Este les dice que le gusta mucho su trabajo y que quería pedirles un favor. Resulta que busca emprender un proyecto personal y que necesita una publicación para hacer unas pruebas. Ustedes, de entrada, no ven qué beneficios pueden sacar de ello, pero tampoco ven demasiados inconvenientes para no hacerlo. Le dicen que de acuerdo, que le ayudarán en lo que necesite y que les cuente un poco más del proyecto. El desconocido les dice que es una nueva técnica que está poniendo en marcha y que podría hacerlo con algo de su propia cosecha, pero que siempre viene mejor probar con el trabajo de otros, para ver si así funciona bien. Ustedes le alaban su valentía, pero entonces, el desconocido les indica que cuando acabe de probarlo, les pasará su minuta para cobrar los servicios. Unos servicios que no han solicitado, que no les ofrecen ningún beneficio y que, en realidad, se trataba de un favor para probar su técnica. Diligentemente se lo hacen saber y el desconocido no solo se enfada si no que, además, les acusa de estar haciéndole perder tiempo. Y es que aquí, el problema, quieran o no, siempre parece que es suyo.

¿Nos hemos vuelto locos? ¿Es esta la evolución que ha tomado la tradicional picaresca española? ¿Debemos asumir que para poder prosperar uno debe ser idiota? Vivimos en una situación tan convulsa, tan injusta para la mayor parte de la gente, que casi nos hemos vuelto inmunes ante los problemas diarios. No hablo de salir a la calle a cortar cabezas -pese a que es una alternativa cada vez más factible-, sino de tomar conciencia de la poca vergüenza que tienen los demás y actuar en conciencia. Cada granito de arena nos hará más libres, más felices y, seguramente, menos insensibles. Dejémonos de quejas vía twitter y cojamos el toro por los cuernos, o por donde sea, pero cojámoslo.

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