LA CAJA B: DE PROFESIÓN, MARIDO DE BLOGUERA

LA CAJA B: DE PROFESIÓN, MARIDO DE BLOGUERA
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LA CAJA B: DE PROFESIÓN, MARIDO DE BLOGUERA

Por · 20 octubre, 2013

Anna-dello Russo-la-caja-b-marido-bloguera

Llevamos años hablando de las blogueras. Que si son una pieza clave en la industria de la moda actual, que si transmiten la voz de la calle, que si las marcas se pirran por ellas, que si son unas mamarrachas, que si lo único que les gusta es hacerse fotos, pero nadie se ha preocupado del verdadero protagonista en esta historia: el novio de la bloguera. Hoy hablamos con una de estas víctimas de la moda.

Contra todo pronóstico, cuando pensábamos que la burbuja de las blogueras iba a estallar a principios de año, esta ha conseguido sobrevivir, manteniéndose cada día más lozana y reclutando para sus filas a una de las it-girls españolas más codiciadas, si es que ese concepto realmente existe y puede ser aplicado en España. Sara Carbonero se calzaba, una vez más, las botas de flecos y se disponía a luchar por el trono de las blogueras famosas, conquistado por Paula Echeverría casi desde sus inicios. Parece, aunque a mí todavía me cuesta creerlo, que lo que llevan estas chicas, seleccionado por un estilista y previo sponsor de la marca correspondiente, crea tendencia. ¿Tendencia de qué? Y, sobre todo, ¿tendencia para quién? Alguien debería advertir, como se hace en las cajetillas de tabaco, que vestirse como una it-girl no te va a hacer rica, ni famosa, ni va a aparecer Iker Casillas desnudo para follarte por las noches. “En tu talla no está, a ti no te queda bien y ese vestido hay que llevarlo con bragas”, es lo que te dirá la dependienta de la tienda cuando vayas con tu captura de pantalla de lo último que ha sacado la Carbons en su blog. Admitámoslo, las blogueras famosas son una enfermedad que deberíamos ir erradicando ya.

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Paula Echevarría, prototipo de bloguera ibérica

En el otro lado de la moneda, tenemos a las blogueras anónimas. Pobres chicas que un buen día decidieron que si las famosas podían hacerlo, ellas también. Se enfundaron unos trapitos que se habían comprado en ZARA, unos zapatos de Mary Paz y aprovecharon la luz natural de su pueblo de la Mancha para hacerse unas fotos resultonas. Posaron todo el día, con abrigos a 40 grados, con minishorts, con collares de cuentas que ellas mismas podrían haberse fabricado pero prefirieron comprar en el C&A y, al llegar a casa, se abrieron un blog con muchos corazones, mucho rosa y un “lovely” en el título. Se sentían tan realizadas que incluso cortaron la etiqueta a alguno de los vestidos para no tener que ir a devolverlos al día siguiente. A partir de ese momento, ya no tuvieron tiempo para nada más. Debían pensar los estilismos para las nuevas fotos, las localizaciones, hacerse amigas de otras blogueras para crear grupitos y dejarse comentarios las unas a las otras. Un trabajo a tiempo completo que implicaba renunciar a muchas cosas, entre ellas, a sus novios o maridos. Sí, ellos son las verdaderas víctimas de la moda, los que aguantan el bolso, los que montan el trípode y los que tienen que ver las 300 fotos de cada posado antes de irse a dormir. “Preferiría mantener mi anonimato”, nos dice uno de estos sufridos hombres, “no quiero que mi familia sepa a lo que me dedico”.

Blogueras anónimas, esas pobres chicas que un buen día se enfundaron unos trapitos comprados en Zara, unos zapatos de Mary Paz y aprovecharon la luz natural de su pueblo de la Mancha para hacerse unas fotos resultonas

Quedamos con él en una cafetería cualquiera. Nos pidió discreción y que no hubiera cupcakes a la vista. “En casa solo comemos cosas de colores. Ya no podemos hacer una tortilla de patata o unas judías con tomate, todo tiene que llevar colorantes. A veces guardo debajo de la cama los tuppers de lentejas que me trae mi madre. Me los como en la habitación y lloro. Es todo muy duro”. Le pido que me cuente como es un día normal en su vida. “Cuando me despierto, ella ya está delante del ordenador. Ha hecho un curso de diseño a distancia y ahora está probando a ponerle brillos a las sonrisas. Me preparo un café, me doy una ducha y saco a pasear a la perrita. Me obliga a pintarle las uñas y llevarla dentro de un bolso. Yo le digo que no tiene sentido, que los perros tienen que pasear, pero ya no me escucha. A la vuelta, cojo mis cosas y me voy a trabajar. Durante toda la mañana me manda emails con fotos que encuentra por internet para que le diga qué posado me gusta más. Si no le respondo enseguida, empieza a mandarme whatsapps desesperadamente. A veces tengo que apagar el teléfono para que los demás no lo vean. Cuando vuelvo a casa por la tarde, ya me está esperando con los estilismos del día y nos vamos a hacer fotos. Ayer me llevó a la estación y me dijo que me pusiera en las vías del tren. Le dije que igual era peligroso, pero no me hizo ningún caso”. En ese momento, ya no puede más y rompe a llorar.

Hace siglos que no hacemos el amor”, me cuenta sin quitarse las gafas de sol, “me dice que está muy cansada, que su vida como bloguer es muy estresante, que tiene muchos eventos a los que asistir y que no puede dejar el twitter ni un minuto. La última vez que lo hicimos la pillé subiendo una foto a instagram. Una foto de unas botas, ¡de unas botas! ¿Te lo puedes creer? Desde entonces, me toco yo solo. A veces entra en la habitación y me encuentra haciéndolo, pero le da igual, me pregunta que qué zapatos le irían mejor con la falda y yo continúo a lo mío. Creo que solo me quiere para hacerle fotos. Una vez le dije que si no estaría bien que saliéramos los dos en alguna foto y me respondió que cuando tuviera los abdominales de Bustamante ya hablaríamos”. Le pregunto que por qué no se separa y me dice que, en realidad, la quiere mucho. “Ojalá terminara este suplicio de los blogs y pudiéramos recuperar nuestras vidas”. Le digo que no puede durar mucho, que tenga paciencia y nos despedimos con un abrazo. Me gustaría ayudarle, terminar con el sufrimiento de centenares de hombres, acabar de una vez con este drama humano. ¡Luchemos por un mundo mejor, digamos no a las blogueras de moda, pero digámoslo ya!

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