La Caja B: ¿Quién quiere casarse con mi Community Manager?

La Caja B: ¿Quién quiere casarse con mi Community Manager?
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La Caja B: ¿Quién quiere casarse con mi Community Manager?

Por · 14 octubre, 2013

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La tecnología nos ha esclavizado. Nos fotografiamos saliendo de casa en Instagram, decimos donde vamos a través de Foursquare, nos quejamos de que el metro no llega en Twitter, felicitamos el cumpleaños a gente que no conocemos gracias a Facebook y enseñamos la polla a través de Whatsapp. Pero, ¿y los demás? ¿Qué hacen los demás mientras nosotros miramos nuestra pantalla?

¿Recuerdan la última vez que consiguieron tomarse un café con sus amigos mientras estos le hacían caso? Yo tampoco, no se preocupen. Hemos llegado a un punto donde la mala educación se ha convertido en la regla general, y quién no se adapte, o no la siga, más vale que vaya buscándose un destino más apropiado. El desierto, por ejemplo. Vivimos tan pendientes de nuestro teléfono móvil que hemos olvidado que hay alguien sentado delante de nosotros, esperando a que respondamos esa pregunta que nos ha hecho hace diez minutos. Nos importa más bien poco que haya organizado su agenda para vernos, que haya cancelado planes para pasar un rato con nosotros y hacer eso que antes llamábamos hablar. Y por “antes”, me refiero a hace unos cuatro o cinco años, no crean que tengo que remontarme a principios de siglo. Ahora preferimos pasar la tarde atendiendo a interminables conversaciones de Whatsapp, de esas llenas de emoticonos y risas que, en realidad, no se producen. “Luego te escribo que estoy tomando un café con un amigo”. Es sencillo. Deberían probarlo. Sus amigos lo agradecerán.

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Rihanna, toda una experta en redes sociales

Estamos obsesionados con el doble check. La tecnología ha sabido posicionarse bien y generar su propia dependencia. Somos víctimas de la inmediatez. No entendemos que alguien no nos responda si podemos ver que está “en línea”. Nos enfadamos cuando el chat de Facebook nos indica que el destinatario ha leído el mensaje y no hemos obtenido ninguna respuesta. Queremos atención y la queremos ya. Excepto cuando se trata de nosotros. Ahí tenemos la manga mucho más ancha y un “qué pesado, ya le responderé luego” siempre a punto. Comemos con el móvil encima de la mesa. Lo cogemos para ir al baño. Vemos la televisión con el móvil en la mano, tuiteando y retuiteando las mismas frases, poniendo favoritos y eliminando al que se queja de tener que sufrir cada retransmisión del reality de turno. Es mi Twitter y pongo lo que quiero. Tengo nueve mil seguidores que aplauden mis bromas, ¿y tú? ¿Cuántos seguidores tienes tú? Somos responsables de crear monstruos. Improvisados líderes de opinión que aleccionan a las masas a base de chascarrillos. Y, encima, hemos decidido creer que son importantes para la industria. Pero, ¿qué industria?

Estamos obsesionados con el doble check. La tecnología ha sabido posicionarse bien y generar su propia dependencia. Somos víctimas de la inmediatez

En medio de esta telaraña, uno no puede más que adaptarse. Morderse la lengua y dejar que la tecnología gane la batalla. Pero no se equivoquen. Entiendo, comparto, celebro y disfruto las redes sociales. Me permiten estar en contacto con personas a las que nunca hubiese pensado poder conocer. Esta columna, sin ir más lejos, nació gracias a las redes sociales. Soy de esas personas que han llegado al límite de necesitar un ayudante para poder controlar todos sus perfiles. Pero eso no me impide observar el grado de locura a que está llegando el asunto. Continúo sorprendiéndome cuando veo grupos de gente pegada a su teléfono, subiendo la misma fotografía a Instagram y dándole al “me gusta” recíprocamente. Les veo felices, satisfechos, se graban vídeos mientras toquetean el teléfono y los comparten en Vine. Entonces llego a la conclusión de que aquí el raro soy yo e intento seguir con mi vida. Asumo los minutos de espera como propios y me dedico a observar las demás mesas, a leer la carta de tés, o a fabricar pequeñas pajaritas con el sobre de azúcar. Es el castigo divino por nadar contracorriente. En el hipotético caso de que existiera Dios y no estuviera jugando al Candy Crush.

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¿Recuerdan cuando la única forma de comunicarse era el teléfono fijo? Si estabas, estabas. Y si no, pues no estabas y no pasaba nada. Acudías a tus citas puntualmente para que no te dejaran abandonado, guardabas monedas para las cabinas y corrías como una gacela por el pasillo para que tu madre no cogiera el teléfono antes que tú. Te pasabas notitas con tu compañero de mesa mientras el profesor hablaba, no existía el término procrastinar y nadie insistía en invitarte a LinkedIn. Vivías tranquilo. No sentías la imperiosa necesidad de dejar patente que te lo estabas pasando bien. ¿Era una época mejor? Seguramente no, pero al menos podías tomarte un café con un amigo, incluso quedar para comer, sin tener que sufrir sus frenéticos tecleos en la pantalla. “Es uno que conocí el otro día. Es muy majo. Dice que ayer salió y tiene resaca, que está en el sofá y no puede levantarse. Mira, me ha enviado una foto. Es mono, ¿verdad? Voy a decirle de quedar ahora. Tú ya te ibas, ¿no? Uy, ahora no me responde. ¿Qué le habrá pasado? Ah, estaba al teléfono. Su madre que vaya a comer mañana. Va al gimnasio ese de la esquina, ¿sabes? Bueno, ¿y tú qué tal? ¿Todo bien? Si quieres, pagamos, que dice que viene en media hora y no me dará tiempo a nada. ¡Qué ganas tenía de verte! A ver si la próxima tenemos más tiempo. ¡Ciao!”. Eso digo yo, ciao.

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