La caja B: Cuando follar es más importante que diseñar

La caja B: Cuando follar es más importante que diseñar
B-SIDE MAGAZINE // PARA HABLAR DE ARTE... HAY QUE HACERLO CON ARTE

La caja B: Cuando follar es más importante que diseñar

Por · 6 octubre, 2013

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Vivimos inmersos en un permanente día de la marmota. La pereza se ha convertido en nuestra seña de identidad y parece que nos hemos vuelto incapaces de hacer nada. Pero no sufran, lo mismo les ocurre a los grandes diseñadores y nadie les dice nada. ¿Acaso serán ellos mejores que nosotros? Puede que sí, pero al final, las consecuencias son las mismas. Puro aburrimiento.

Un día pedí una columna de opinión. Un lugar donde poder hablar en primera persona, ajeno a lo que venían siendo mis sitios habituales y donde poder descargar mis pensamientos, a ver si así puedo dormir mejor por las noches -aunque creo que eso es culpa de los mosquitos más que otra cosa-. Mi llamamiento, como todos los que hago vía red social, no tuvo demasiada repercusión. Cuando pensamos que ese escaparate virtual que nos hemos montado, ya sea facebook, twitter o instagram, sirve para dejarnos ver y que la gente nos vea, la realidad nos da una bofetada y nos devuelve a la soledad de nuestro sofá. A nadie le importa lo que pongan los demás, más allá de propuestas sexuales y fotografías con poca ropa. A nadie le interesan las reflexiones ajenas, el trabajo o lo que sea que quepa en 140 caracteres. Aquí hemos venido a hablar de los problemas de cada uno, así que mejor no me interrumpas con los tuyos. Monólogos que disfrazamos de conversaciones y, encima, las calificamos de “sociales”. Un disparate.

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Hedi Slimane, el hombre de oro

Uno no tiene una columna de opinión porque no quiere. De la misma forma que uno no adelgaza porque no quiere, no estudia porque no quiere y no trabaja porque no quiere -ojo, hablo de trabajar, no de recibir una remuneración decente, adecuada y suficiente por ello, que es una cosa muy distinta y, desgraciadamente, cada vez más difícil de conseguir-. La pereza es el mal endémico de nuestra sociedad. Un sentimiento de apatía que nos lleva a tomar decisiones equivocadas, a posponer para otro día lo que deberíamos estar haciendo hoy, a pensar que todo se consigue a base de un simple click. Y así en todos los aspectos de la vida. No importa si son ustedes personas anónimas o si, por el contrario, tienen en sus manos el futuro de una importante empresa, la pereza condicionará sus movimientos y se verán abocados al fracaso sin haberse dado ni cuenta. O peor, creerán que están haciéndolo todo bien cuando, en realidad, no están haciendo absolutamente nada. Unos lo disfrazarán de seña de identidad, imagen de marca o estilo propio, pero que no se confundan, no hacen más que repetirse una y otra vez. Piensen en Hedi Slimane, visualicen todas sus últimas colecciones y explíquenme qué ha hecho desde que posicionara a los pitillos como prenda imprescindible. Muchos me dirán que centenares de cosas, pero yo, sinceramente, no las veo.

Todo diseñador sueña con tener una estética reconocible, con que el público, en general, y los compradores, en particular, reconozcan su buen hacer a golpe de vista y adquieran un producto diferenciable, un producto que los demás puedan reconocer igual de fácilmente y deseen poseer. Aunque su economía no se lo permita. Ese será el momento del éxito. El problema viene cuando, intentando no perder esta fórmula, empezamos a diseñar siempre lo mismo, con mínimas e imperceptibles variantes, y nos convencemos a nosotros mismos que lo hacemos por el negocio y no por simple y llana pereza. ¿Para qué obligarnos a innovar si lo que tenemos funciona? Eso imagino que debe pensar Slimane y aquellos que han decidido ponerle al frente de Saint Laurent. Porque el muchacho vende como el que más, sin importar que la marca haya pasado a convertirse en una exploit de Topshop a precio de alta costura. Si las clientas compran y el diseñador está rodeado de una buena corte de palmeros, dispuestos a aplaudir su talento e hinchar su ego, ¡qué más dará lo que opinen los demás!

La pereza es el mal endémico de nuestra sociedad. Un sentimiento de apatía que nos lleva a tomar decisiones equivocadas, a posponer para otro día lo que deberíamos estar haciendo hoy.

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Música y moda: un matrimonio de conveniencia.

Cuestión distinta es la pereza que se manifiesta sin máscaras ni excusas. La pereza en su concepción más tradicional. Aquella que nos impide hacer nuestro trabajo porque siempre tenemos algo más divertido entre manos. Este podría ser el caso de Riccardo Tisci, la cabeza pensante al frente de Givenchy. Riccardo es un hombre guapo, muy guapo, y atractivo, muy atractivo. Tan solo hay que echar un vistazo a su perfil de instagram para darse cuenta que la vida de Riccardo es muy ajetreada. Fiestas, viajes, presentaciones, más fiestas, galas, entregas de premios y sesiones de fotos. ¿Quién puede encontrar un hueco entre tanto evento para diseñar dos colecciones al año? Seguramente mucha gente, pero entiéndanle, es más divertido follar que diseñar. Cuando uno se convierte en una de las principales cara de la moda y es, además, un hombre joven, rico y deseable, debe ser harto complicado centrar los objetivos y no perderse en un mar infinito de placeres. Pura especulación por mi parte, como imaginarán. Riccardo decidió pasar gran parte del verano en España antes que encerrarse a trabajar para sacar la mejor colección que su mente pueda generar. ¿Fue él el responsable de esta decisión? Por supuesto que no. Aquí, la culpa de todo la tiene la pereza, esa maldita consejera que nos susurra al oído que cinco minutos más en la cama no van a ningún sitio. A Riccardo le dijo que se quedara un mes más en la playa y miren las consecuencias…

¿Seremos capaces algún día de vencer la pereza? ¿Aprenderemos de nuestros errores y no dejaremos las cosas para el último momento? ¿Abrirán los ojos las clientas de Slimane y se darán cuenta de que les están tomando el pelo? ¿Nos encontraremos con Tisci el próximo verano en las playas de Ibiza? Seguramente. Y nos dirá que su colección ya está terminada. Y nosotros le daremos la razón, aún sabiendo que es mentira, porque la pereza la sufrimos todos y no hace falta ir señalando con el dedo de la culpabilidad. En fin, pobre Riccardo.

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